¿Quién es Voria Stefanovsky (Paula Soria)?

Voria Stefanosky de niña. Imagen tomada por su abuela, Zinka Stefanovsky. Foto cedida por la propia Voria.
Voria Stefanosky de niña. Imagen tomada por su abuela, Zinka Stefanovsky. Foto cedida por la propia Voria.

Esta es la historia de Voria Stefanovsky, la primera mujer gitana que se doctoró en Latinoamérica

Abril del 2019. Domingo por la tarde.

En los límites de Caballito, el cuarto es pequeño. La cama de una plaza está rodeada de mantas y tapices que cuelgan entre los libros de las paredes. Sobre lo alto de la puerta la estatuilla de una mujer, Santa Sara, del grupo Sinti.

La imagen se impone como una metáfora exacta de dos mundos: uno dentro de otro,  en sus bordes, en sus márgenes.

Voria Stefanovsky se pasea por la cocina y sus pulseras suenan como cascabel. Aunque es mujer casada su pelo largo y rubio no lleva pañuelo. No se siente menos gitana por eso. 

El gitano tiene eso más dramático porque es oral. Con la oralidad uno tiene una cosa de querer expresar mucho. Por eso no me gusta mandar muchos audios de Whatsapp… siento que me voy. Escribiendo puedo ser más puntual”.

Sonríe y apoya sobre la mesaun té perfumado con gajos de naranja, manzana y banana. Es chaio una infusión típica gitana. Acá en Argentina lo toman con bombilla, nos cuenta.

Voria Stefanovsky es la primera mujer gitana en doctorarse en América Latina. La identidad, el estereotipo (exótico/negativo) de una comunidad marginada y hermética que se retroalimenta: una suerte de chivo expiatorio, que está ahí con la distancia justa para reforzar que el bueno soy yo, es uno de los temas que trabaja en su tesis doctoral sobre literatura romaní e identidad gitana fue considerada la mejor en 2016 por la Universidad de Brasilia. 

En ella, Paula Soria pidió expresamente que incluyan su nombre de origen: Voria Stefanovsky. De cómo Voria pasó a ser Paula, de las vicisitudes e injusticias de un destino que  la llevaron a ser una de las representantes en la lucha por visibilizar al pueblo gitano y sus problemáticas, es lo que se propone narrar en las siguientes páginas. Pero empecemos por el principio. 

Es el año 1983, y en una ciudad de frontera en Brasil ha sucedido un asesinato. 

«Dicen que fue un arreglo de cuentas… Que fueron ellos«. Y marcan con saña la letra E. Una mujer aprieta al hijo del brazo y masculla: «Escuché que además tienen una niña secuestrada… una niña rubia. No deberían permitirles asentarse aquí«. 

Es de tarde y el calor pesa sobre la carpa del circo. El padre de Voria enrolla el látigo, los animales ya están cargados y esperan junto a la carreta. –Los otros ya se fueron–, dice su mujer, pero el hombre continúa enrollando sin darse vuelta. No hay mucho para decir. La mujer recoge algunos objetos que quedan entre la tierra –Voria, ¿dónde estás? – –¡Voria!– Su voz se aplasta por las sirenas. El Domador abraza fuerte a la niña que lo mira desconcertada. 

Sin pruebas, sin juicio, se lo llevan. Su condena es por ser gitano.

10 años tenía Voria Stefanovsky cuando las fuerzas policiales la arrebataron por considerarla demasiado rubia para ser hija de gitanos. Su padre fue preso, y luego de un tiempo se descubrió quién había sido el asesino, y no era gitano. La familia de Voria, errante, solo pasaba por ese lugar. 

Como todas las familias gitanas, su familia era de tradición nómada. Voria era payasa, hacía malabares y contaba historias en el circo familiar. Sus ancestros eran de Rusia y pertenece al grupo Sinti, una comunidad que sufrió una gran pérdida en el exterminio Nazi: El Samudaripen, holocausto romaní. 

La letra Z tatuada en la muñeca, no recuerda un numero, pero si la Z. Su abuelo no hablaba de eso, a veces en brotes de cólera decía: “hay que matarlos a todos”,  a veces lloraba. El Samudaripen se conmemora el 2 de agosto, pero esto poca gente lo sabe, ya que la comunidad gitana no está representada por el Estado. Ellos no forman parte de la interculturalidad. Escribirá Voria muchos años después. 

El auto avanza sobre el polvo hasta llegar a una residencia de paredes altas y crucifijos. Allí separada de los suyos, bajo la mirada de las religiosas, Voria Stefanovsky será obligada todas las mañanas a pedir perdón por su condición de gitana. ¿Pero entonces sabían que era gitana? 

Los discursos se contradicen y no parece haber más razón que la injusticia histórica para justificar su secuestro. Sin embargo, es aquí donde se produce la paradoja. Viendo el maltrato al que era sometida, una monja se apiadará de ella y a escondidas en la biblioteca le enseñará a leer y a escribir. La monja le contará historias y le pedirá a la niña que escriba las suyas. Voria Stefanovsky descubrirá un mundo que marcará su vida para siempre.

La propia cultura arraigada con sangre a las tradiciones del comercio, el negocio familiar en el caso de los varones y de familia y cuidados del hogar en las mujeres, hace que el paso por las escuelas sea algo fugaz. Solo para adquirir las herramientas necesarias. La fuerte discriminación que sufren en estas instituciones refuerza esta idea y la rueda vuelve a empezar. 

Cuando ingresan a la escuela los niños gitanos son agredidos con calificativos por todos conocidos. Entonces los padres deciden no mandarlos más. Es preferible que se queden con lo aprendido antes que recibir un maltrato que va ser mucho más grave que lo que va aportar la escuela. Los que tienen conciencia de que sí es importante, sin embargo,  por las dudas, también quieren que los hijos trabajen. Piensan que estudiar no es suficiente para sobrevivir. Y la historia de los gitanos siempre fue así: sobrevivir. 

Durante los años de encierro en el internado, Voria Stefanovsky creyó que nunca más iba a ver a su familia. Ellos intentaron sacarla pero fue imposible. Necesitaban de alguien por fuera de la comunidad, alguien con poder. Su nombre era Castelo Branco, un hombre de dinero, vestía un traje gris de hombreras anchas. 

La monja señaló a la niña y C.B. mostró los dientes sellando el trato. Ella tenía origen pero no nacionalidad, no sabía dónde había nacido, era nómade. No tenía documentos, puesto que los gitanos no les dan importancia, no conocen sus derechos, ¿para qué? si no los tienen tampoco. Su tutor le entregó un documento de identidad de nacionalidad brasileña: Ana Paula Castelo Branco Soria. De ahora en adelante así será conocida por el mundo de afuera. 

La condición de C.B para regresarla a la comunidad fue que Voria siguiera sus estudios. La palabra es sagrada entre los gitanos. Lo que nadie dijo fue hasta cuando, y en la comunidad, por tradición, la mujer a los 14 se casa. 

El pueblo gitano es diverso y heterogéneo y no tienen una religión común, ni los mismos santos. Sin embargo, hay un elemento que comparten todos: su organización interna. En ella el hombre va primero y la mujer detrás. Sin embargo es la mujer la que transmite la cultura. Su vientre es para el grupo, su virginidad, el tesoro más preciado. 

Se hace entrega de la dote, arriban los familiares y se da comienzo al festejo. Es que Voria Stefanovsky, como cualquier chica. se quería casar. La tradición se cumple. La mancha de sangre en las sabanas “es pura”, confirman las viejas. Ahora solo falta tener hijos. 

Voria sabe que eso será el fin para sus estudios. Con hijos ya nada podrá hacer. Entonces la idea: Consigue pastillas anticonceptivas por fuera de la comunidad y así prolongar el tiempo. Pero las cosas no salen bien y un cierto problema de infertilidad la obliga a abandonarlas. Los encuentros con gayos se hacen cada vez más frecuentes. Voria Stefanovsky estaba determinada a seguir estudiando, no podía, no quería abandonar. 

Pero si un gitano se desprende del fuego, de este solo humo queda. Canta un dicho arraigado. La noche es plena cuando la encuentran. Rodeada por gayos y gayas para los ojos de los suyos, la peor traición. No escucharon explicaciones, no quisieron saber qué hacía. En un ritual de negación a Voria le hacharon la trenza.

Ser adolescente, querer cambiar el mundo. Para Voria Stefanovsky la comunidad era su mundo. Perderla, volver con algo bueno para ella. Esa era su fantasía, su consuelo. Tomó la virgen puso dentro un poco de oro y agarró las cartas, pues sabía cómo tirarlas. De alguna manera iba a sobrevivir. 

Hoy las cosas son distintas para la comunidad, muchos de los padres apoyan a sus hijos si quieren estudiar. Pero afuera el estigma sigue intacto. Aguantar y seguir, si no hay voz no hay lucha posible. 

Voria Stefanovsky. Imagen tomada por su hija, Natasha Castello, y cedida por la propia Voria.
Voria Stefanovsky. Imagen tomada por su hija, Natasha Castello, y cedida por la propia Voria.

Gitana, ¿por qué no danza?– –Gitana, ¿me lee la suerte?

La gente se acerca, en la universidad, en las clases, en el gimnasio. Un profesor negro que trabajaba con el estereotipo negro le preguntó si bailaba mucho. “Yo no estudié danza”, piensa ella, hasta que entendió a qué se refería y le respondió: “¿Y usted samba o juega al futbol?”Pero él no deja de preguntar. No se da cuenta, nunca se dio cuenta. 

Polleras con un sinfín de bolados, monedas brillantes en las caderas. Anillos, brazaletes, piedras y un salón guarnecido de flores. “Más gitanos que los gitanos”, dice Voria Stefanovsky, y ríe en voz alta. Brasil, Rio de Janeiro, la fiesta es por Santa Sara. El ambiente es grotesco. Ofrendas de tipo Umbanda, una licuadora de rituales y tradiciones. Y el leit motiv de la noche: el Gitano…de fantasía. 

El que dice la suerte, que baila nostalgias al son de palmas y guitarras. Ese gitano exótico y atractivo, el gitano objeto. Ese gitano, no el otro. No la que vende curitas en la calle, no la que tiene que disfrazase de criolla para que la tomen en algún trabajo. Los que “venden autos truchos”. Los que van a la escuela y son expulsados por rechazo. Los que van presos. Los que aparecen en la tele bajo la marca de la tinta. Los condenados por ser gitanos. Esos no. 

Y en la academia no es distinto. La fuerza está en devolverlos a la historia, por congelarlos en el tiempo bajo un romanticismo que gusta y no molesta. Que no interpela a “los de afuera” y así todo sigue igual. No hay una verdadera lucha, una verdadera preocupación. “En la academia todos hablan del gitano, pero el gitano no habla”, sentencia Voria Stefanovsky. 

Aunque no todos, nunca nada es todo. Los movimientos son lentos pero los hay. Pero son lentos, ínfimos, costosos. Con movimientos agraciados y tajantes; y una mirada que se enciende en cada relato, en cada explicación, me dice: “Fueron años los que pasé en coma. Años de tener que parar”. Entonces pienso en los hospitales. En esos cuerpos todos iguales, higiénicos y desinfectados. En ese estado en suspenso, ni acá, ni allá. En otra vez la paradoja, esa metáfora que le traza la piel. Pero sobre todo pienso en el pulso, en el verdadero pulso de lucha. 

Voria Stefanovsky regresó a la Argentina para poder estar con Jorge Nedich, su actual marido. Gitano, escritor, académico, argentino. Porque por ahí los dos juntos…“Yo creo que más que otra cosa, lo que nos une es la posibilidad de los proyectos”. 

Son 30 años de intentos. De empezar y que se trabe, sin saber cómo, porqué, o lo que es peor, con la sospecha. 30 años de golpear puertas en ministerios, de iniciar una catedra en la UBA que finalmente nunca se abre. De pelear por agregar cinco hojas en los manuales de historia, de lengua y literatura para que además de pueblos originarios y migraciones “habilitadas” se nombre, se hable, se pregunte, por la diversidad de la cultura gitana, por los motivos de su migración y sus problemáticas actuales. De lograrse esto se avanzaría de un golpe lo que sino serian años de lucha y de concientización desde la base. Pero la cuestión no pasa de reuniones.

Se necesita de las dos partes, del Estado, de las instituciones y de los propios gitanos. Y la cosa no es fácil. 

Por miedo a perder sus tradiciones y ante el perjuicio que sufren, los gitanos no se escolarizan. Al no escolarizarse no desarrollan estrategias, no participan. Si no se promueve el acceso a las escuelas, si no se trabaja primero sobre el núcleo duro del prejuicio: el estereotipo, no hay voces posibles. Sin poder no hay presión y el Estado por interés solo, simplemente no se interesa. Los gitanos no tienen la fuerza que tienen otros grupos, ni las instituciones, ni el poder económico, ni el poder intelectual. Y si no tenes respaldo… la rueda vuelve a girar. 

Parada en el vértice de estas tensiones está Paula, está Voria, ahora por decisión, por convicción. Su lucha es por habilitar un diálogo entre estos dos mundos que la atraviesan, a los que pertenece.

Voria Stefanovsky recién empieza a relacionarse con mujeres feministas, pero por internet porque están en Europa. En Brasil, en Argentina no se habla de eso todavía. Acá primero hay que pensar la escolarización. En como esas chicas pueden ir a la escuela aunque sea hasta antes del casamiento. 

 “Hubo un caso de una mujer que salió y llamó a Jorge. Ella se había separado, su sueño era ser boxeadora.” Me comenta cuando subimos al ascensor. “Yo le dije te puedo contar un poco mi historia, nunca es tarde para empezar”. “Pero nunca más llamó. Nunca más apareció esa mujer”. 

Hoy en día, el 70 % de gitanos que ingresan al ámbito académico son  mujeres. Y si alguien dice eso probablemente se miren con extrañeza. Porque el estereotipo sigue ahí, funcionando, reproduciéndose. Entonces, como dice Aline Miklos, una cantante gitana y militante feminista: Para avanzar, primero hay que dejar de ser invisibles.

Ya pasó un año de nuestro encuentro cuando recibo el mensaje. Paula regresó a Brasil y esta otra vez internada. Enseguida consigo su número y su hija me informa que, por suerte, todo está bien. Solo es cuestión de tiempo para que se recupere.

Es 8M y en el muro de Facebook aparece un video: Un grupo de gitanas feministas, por los callejones de Andalucía, palmean y cantan al grito: “El racista eres tú”. Entre sus manos flamea la bandera gitana. 

Solo es cuestión de tiempo. 

Autoría del texto

Ana Paula Castelo Branco Soria 

Contacto:  voripaula@gmail.com 

Rocío Desimone

Contacto: rociodsimone@gmail.com

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