Escena de El Joker. Imagen de https://culto.latercera.com.
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“Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que actúes como si no la tuvieras”.

9 de cada 10 espectadores del nuevo Joker lo recomiendan, al estilo Colgate.

Joaquín Phoenix nos muestra la vulnerabilidad, la fortaleza, la fragilidad y la entereza de intentar vivir en un mundo dedicado a la exclusión, con una mente diferente.

En una Ciudad Gótica, espejo de nuestras realidades, se construye un personaje que no conoce su nacimiento pero sí lo que es morir en vida, producto de la desidia del Estado y la sociedad.

Paro de recolección de basura, una ciudad inmunda en sus calles y en sus dirigentes, que espera por respuestas ante el abandono.

“Los que hemos hecho algo con nuestras vidas, siempre vamos a mirar a los que no como payasos” – dice Thomas Wayne, siempre santificado por los fans de DC (como yo en mi tierna infancia), dueño de las Industrias Wayne, candidato a alcalde y padre del futuro Batman.

Con la meritocracia como bandera, Wayne representa ese sector de la sociedad que sale a bancar la lucha de los que “se ganan las cosas laburando” y de los que “nunca les regalaron nada”, cuando bien sabemos (algunes) que la cuna en la que nacemos es solo cuestión de suerte y un punto de partida de la desigualdad social.

Emile Durkheim afirmaba que toda sociedad se caracteriza por la solidaridad social. En la sociedad primitiva, la solidaridad era “mecánica”, basada en la consanguinidad. En el mundo contemporáneo es “orgánica”, asentada sobre la división del trabajo, o sea, la comunidad de las clases en el proceso de obtención de medios de subsistencia. 

Yo creo que Durkheim nunca se imaginó citado en un ensayo sobre una película basada en un cómic, pero la realidad es que la solidaridad orgánica es uno de los pilares que permite al Joker sobrevivir, aunque sea el final de su vida común y el inicio de su grandeza como villano.

Arthur Fleck, The Joker, es un personaje con una historia que nos hace empatizar y tal vez justificar sus acciones. Con una madre con problemas mentales, una infancia de abuso, una adopción dudosa, una economía entre mala y peor, un estado ausente y una sociedad caníbal, personalmente salí del cine pensando “y sí, que queme todo”.

Una parte importantísima en la adaptación de una persona con problemas psiquiátricos es la capacidad de inclusión de la sociedad donde se vive, la aceptación y las oportunidades que ésta le ofrece.

Una sociedad carente de cohesión está inhabilitada para ofrecer este tipo de trato.

El concepto de cohesión social nos ayuda mucho a entender este relato: es el grado de consenso de los miembros de un grupo social o la percepción de pertenencia a un proyecto o situación común, lo que significa que esas relaciones que se dan allí son consensuadas, percibidas como justas entre los grupos que gobiernan y los que son gobernados. Demandan o implican tanto la percepción del buen desempeño de las autoridades, y que esas sean respetadas, como que exista una acción percibida como de interés común.

En sus antípodas, la anomia refiere a la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos de lo necesario para lograr las metas de la sociedad. Este concepto de anomia como desorden social responde también al reinado de reglas que promueven el aislamiento e incluso el delito antes que la cooperación. En una sociedad anómica, podemos entender a un Arthur solo, abandonado por su círculo cercano y por el Estado, quien debía proveerle de la contención necesaria a través de programas de reinserción social por medio de terapeutas y medicación subvencionadas.

¿Qué hace una sociedad famélica de amor, de empatía, de contención, con sus integrantes más vulnerables? Parece ser que la regla es la corrección política de aceptar las diferencias pero mientras no molesten, mientras estén calladas y en la oscuridad. La basura bajo la alfombra, como quien dice. 

El proceso de estigmatización de las personas con enfermedades mentales genera prejuicios negativos y actitudes discriminatorias que resultan en la imposibilidad de ejercer una ciudadanía plena y, también, en la auto-estigmatización. El Joker nos muestra claramente esto cuando, hablando con la terapeuta, le dice que vivió toda su vida pensando, sintiendo, que no existía. Pero que ahora sí, “ahora sé que existo”. 

El triple asesinato le otorgó un reconocimiento, una valoración, una sensación de pertenencia inigualable,  porque todos salieron a bancarlo. Todos con sus máscaras. Todos, por fin, eran él.

Nuestro Joker ríe, ríe mucho. No porque quiera reír o porque tenga motivos para ser felíz. Ríe porque, paradójicamente, las tragedias lo enfermaron. Ríe porque no tiene opción, con una risa estruendosa, con mal timing, con una boca tan grande como su anhelo de ser comediante.

Robert Merton propone unas reglas y afirma que, si no son seguidas, conducen a la anomia: primero, los fines culturales como deseos y esperanzas de los miembros de la sociedad. Para eso, necesitamos normas que determinen los medios para que la gente pueda acceder a esos fines y también la distribución equitativa de estos medios.

La anomia es, en este caso, también una disociación entre los objetivos culturales y el acceso de ciertos sectores a los medios necesarios para llegar a esos objetivos. La relación entre los medios y los fines se debilitan.

La incapacidad de llegar a esos fines, que son el pegamento en la cohesión social, es otra de las patadas que impulsan a Arthur a convertirse en el Joker.

Un compañero bastante basura, le acerca una pistola con la excusa de que es para su protección, que no puede ser débil en el mundo exterior. Que vienen a comerlo y debe estar preparado.

Y es verdad.

Los primeros asesinatos son contra un grupo de trabajadores de la empresa Wayne, un rejunte de chetos que piensan que pueden molestar y violentar sin consecuencias, porque claro, están más arriba en la pirámide socioeconómica. ¿Les suena?

Estos asesinatos en vez de generar indignación y miedo en la sociedad, se convierten el bandera de lucha de las clases obreras que están sufriendo la desidia de sus dirigentes políticos. Se transforman en una especie de “revancha” de los excluidos del sistema contra sus opresores. El Joker, sin saberlo, genera un ejército de justicieros que van al choque contra quienes consideran sus verdugos, entre ellos Thomas Wayne, que los ve como animales a disciplinar.

Quienes apelan al discurso de que la película Joker nos lleva a avalar la violencia, se están olvidando de la violencia que vivimos día a día. La desigualdad social, la mala redistribución de la riqueza, la lucha de poderes, la bicicleta financiera, no son conceptos en un diario: son personas que se quedan sin cobertura médica, sin poder pagar el alquiler, sin tener cuatro comidas diarias, sin mandar a sus hijos al colegio. El relato de la violencia existe, porque existe una estructura que debe ser expuesta y cuestionada.

Y cuando se cuestiona, y las respuestas no aparecen, vemos a los sectores violentados sistemáticamente levantar la voz y el fuego, porque, de otra forma, serían invisibles.

El fuego viene a iluminar lo que los violentos de traje y corbata quieren esconder.

Con la ciudad en llamas, a la incapacidad de sus dirigentes de generar una estructura social que provea lo necesario para alcanzar metas y fines socio-culturales y al hartazgo por parte de quienes sufren el día a día en las orillas de la sociedad, vemos levantarse, como quien resurge de las cenizas, a un Arthur renacido en villano. Un villano con el que, con culpabilidad, empatizamos un poco o, al menos, no entendemos como un “payaso”.

“That’s life” dice su programa de TV favorito al terminar.

Así es la vida, Arthur.

Los payasos tienen su revancha.

Y el show debe continuar.

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