Ensayo: Belleza americana

Artículos de belleza. Belleza como concepto consumista. Fuente de imagen: Pixabay.

“Nadie pasa de esta esquina, aquí mandan las divinas, porque somos gasolina, gasolina de verdad”.

Así cantaba en Argentina un hit preadolescente allá por el 2007. Esto solo mostraba explícitamente, en una novela infanto-juvenil, lo que todos hemos vivido por vez primera entre los 10 y los 18 años aproximadamente: la inclusión o exclusión del concepto de belleza.

En esta tira había dos grupos principales: “las divinas” y “las populares”. Las primeras estaban lideradas por una quinceañera que cumplía con todos los mandatos de la belleza hegemónica heteropatriarcal, y que presumía un carácter del infierno y una capacidad de seducción infinita.

Del otro lado, la líder era una adolescente lookeada con todas las cosas que nos enseñan a rechazar: anteojos, trenzas infantiles, aparatos. Sin embargo, en este caso, ella tenía un “corazón de oro”, quería que todos fueran felices y era la niña más dulce de la comarca.

Todo esto nos parecía lo más natural del mundo, cuando debería ser, por lo menos, llamativo.

Esto nos lleva a pensar en dos cosas principales: qué es la belleza y por qué se piensa en ésta en términos encorsetados y mercantiles.

Si seguimos a Darío Sztajnszrajber, filósofo contemporáneo argentino, y sus explicaciones filosóficas, podemos decir que, además de calificar las cosas de verdaderas o falsas, buenas o malas, las cosas también se nos presentan como bellas o feas.

La belleza en estos tiempos deja de tener que ver estrictamente con el arte (como era para los antiguos), y se vuelve, en esta sociedad hiperconsumista, un criterio estructural.

Nuestra existencia se ha estetizado.

Es normal que, en la adolescencia, una comience a tener otra relación con su cuerpo, y que las prioridades cambien. Lo que se busca es ser aceptada y gustarle a otros.

En ese cambio, acompañado de una revolución de hormonas y sentimientos, abrazamos los parámetros de belleza que impone la cultura imperante, y en ese abrazo a veces nos ahogamos.

Pero atención, porque los cánones de belleza comienzan a afectarnos en la pubertad, pero no nos abandonan en la juventud (ya que no queremos asumir esta adultez que duele).

Esas directivas de cómo debe ser nuestro cuerpo, nuestra vestimenta o nuestra forma de hablar no es algo que fluya naturalmente en la mayoría de los casos. Como ya sabemos, querer calzar una zapatilla 37 cuando calzamos 39, siempre duele.

En la antigüedad se definió a la belleza como la proporción entre las partes. Por eso, ésta siempre estuvo ligada a la armonía y la simetría. Si esto es así, entonces la podemos medir objetivamente. Sin embargo, hoy consideramos más bella a una modelo que a un cuadro artístico.

La belleza no está en las cosas, pero tampoco depende de cada uno. Es un consenso de criterios según la época y la cultura. Esto es el relativismo estético.

Así mismo, quienes militamos el feminismo desde hace bastante, siempre hemos tenido recaudos al utilizar el concepto de belleza para que no sea propiedad absoluta de estereotipos casi inalcanzables y, a veces, enfermizos.

Pero estamos viviendo también una nueva ola interna que nos descoloca: el miedo a la palabra “hermoso”.

Más que una batalla ganada del feminismo, el miedo a utilizar calificativos como “bella”, “hermosa” o “linda” es otra arista patriarcal que nos sigue acorralando aún en el lenguaje.

¿Por qué debería dejar de decirle a una amiga que es hermosa si así la veo? No importa si hablo de su belleza física, intelectual, emocional o todas juntas.

No, me niego a que nos quiten palabras. No voy a dejar que nos hagan creer que la palabra “hermosa” significa solo lo que ellos quieren, lo que imponen. Las palabras son hermosas, las personas son hermosas. Y usar las palabras para describirlas es algo hermoso.

Niezstche sostuvo que una estética de la existencia supone un ejercicio de creatividad permanente, en un mundo sin verdades absolutas nos estamos recreando todo el tiempo a nosotros mismos, experimentando lo diferente, y así crecemos.

La creatividad y la ausencia de verdad absoluta nos dan luz verde para usar “hermosa” en cada momento que queramos, con quien queramos y todas las veces que se nos dé la gana.

Recreemos lo impuesto, recortémoslo y armemos nuestras propias verdades, que bien las necesitamos.

Darío Sztajnszrajber otra vez nos ilumina: “con la estetización de la existencia, la belleza parece haberse vuelto más superficial, más funcional a la sociedad de consumo. Pero también es cierto que hay nuevas posibilidades para reinventar la vida de manera más creativa.”

Nadie pasa de esta esquina sin repensar la belleza en términos de verdades nunca absolutas. La estética en su creatividad nos invita a ver lo hermoso de formas múltiples, diversas y revoltosas.

Es cierto que a veces pensamos que una palabra no nos contiene, que no encajamos, que es un molde en el que estamos más que incómodos. Y me incluyo. Pero hoy estoy en modo feminista positiva y les digo: ¡a la mierda el mercado y el miedo! Prendamos fuego a esos moldes y reinventemos nuestras palabras, que son NUESTRAS y HERMOSAS.

“Somos gente que siente con sangre caliente, que quiere hacerse oir.

Porque somos gasolina.

Gasolina de verdad.”

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