En cuarentena más allá de los 40 días

En cuarentena más allá de los 40 días. Fuente: Pixabay
En cuarentena más allá de los 40 días. Fuente: Pixabay

Hoy he salido a la calle después de más de 40 días en casa. Como bien sabéis, estamos en cuarentena debido a la Covid-19 y el Estado de Alarma solo nos permite abandonar nuestras paredes para asuntos extraordinarios. Sin embargo, no para todos los ciudadanos el confinamiento ha sido igual. Están ellos y ellas, héroes y heroínas, que aun haciendo su trabajo, les aplaudimos la valentía de haber luchado desde el principio con y sin materiales de protección suficientes; en ocasiones, directamente inexistentes.

Hablo, y permitidme que use el masculino genérico para no saturar el texto de profesiones en diferentes géneros, de médicos, recepcionistas, celadores, auxiliares, personal de limpieza, repartidores, farmacéuticos, conductores de ambulancia y de autobús, taxistas, personal de alimentación (supermercados, fábricas, transportistas).

También del personal de mantenimiento extraordinario, personal de seguridad (público y privado), personal de servicios funerarios y un enorme resto de profesionales que deberían incluirse en la lista y que siguen sin ser nombrados, entre ellos, los instaladores de telecomunicaciones que han continuado interviniendo a domicilio o mecánicos encargados de poner a punto los grupos de electricidad para los hospitales de campaña

Visto así, podemos suponer que no somos tantos los que hemos quedado a salvo en casa; otros no han tenido más remedio que continuar. No obstante, y a excepción de aquellos que han podido teletrabajar, a estas alturas no puedo confirmar que quienes han perdido su trabajo vayan a estar más a salvo en casa los meses venideros con la que está al caer. No pretendo ser pesimista, extremista o agorera, pero mis dedos fluyen corroídos por la batalla de sentimientos a los que me he enfrentado hoy, más de 40 días después.

Rumbo hacia el confinamiento

Recuerdo que el primer fin de semana del estado de alarma apenas había gente en la calle. Todos andábamos un poco locos y ver las primeras mascarillas en boca de los más previsores hacía recorrer un escalofrío por la espalda.

De repente, se cerraron establecimientos dejando en la estacada a cientos de compradores y en la calle (bueno, ya me entendéis) a miles de empleados; los supermercados estaban abarrotados de gente que compraba carne y papel higiénico en cantidades ingentes.

Lo de la lejía, ni lo menciono. Yo misma fui de aquellos rezagados que acudieron a comprar a última hora tras ver la reacción del resto. Esos días solo pude conseguir pasta y café para llenar la despensa. Luego probé a hacer un pedido en línea para el que esperé tres horas de cola y dos semanas para recibirlo, con un retraso añadido de media semana.

Todos estábamos locos y, sin saberlo, pagamos el doble por nuestra cesta de la compra.

8En31HUcT9OpplirP0l GfeSAOLX92ry4gyfbryGQ UrDXpJWnw69dAmRlgX51ZFqLuk40srDlSpG2lmuP XnD2qCUaWGiWU4Iz5UZiS5ANZjBbfwpjuOLv68 Ele2XyyvFEOTcH

Imagen I. Cronología del Estado de Alarma. Fuente: Gobierno de España

Desde el decreto del Estado de Alarma, todo ha cambiado

Anuncios

Ahora, más de 40 días después, es todo diferente. En la avenida principal se oye un tránsito continuo de coches y ya he visto a vecinos pasear al perro con un atuendo menos propio de cuarentena: hay color en las calles. A pesar de todo, siento no encajar con quienes han seguido, por suerte o no, con sus vidas.

Cuando he pisado la calle, los edificios habían crecido unos metros y la vista se me ha nublado por momentos. He salido con miedo, pensando en que hacer la compra después de un mes podría no ser motivo suficiente para evitar ser multada. Sin embargo, lo peor ha sido la sensación de sentirse totalmente estúpida con la idea de hacer la compra. Al llegar a la puerta, la gente preguntaba si se podía pasar.

A veces, el personal asentía. Otras veces, no. Parecía que todos sabían lo que tenían que hacer. A la derecha, en una mesa se indicaba que debíamos usar guantes, bañar esos guantes en gel hidroalcohólico y poner otro par de guantes encima. No me ha quedado muy claro qué pintaba la lejía en todo aquello.

Frente a la mesa y sin hablar, vigilaba otro empleado al que, si le preguntabas algo, respondía con el menor número de palabras posible. Lo mismo hizo el repartidor que vino a casa: saludó, subió la compra y aún le quedaron fuerzas para dar las gracias. En la cola, todos estaban en silencio, tan impropio de nosotros. Y es que la gente ya no habla, solo se saluda respetando los dos metros de distancia. Porque si algo está claro, a parte de que hemos cambiado, es que no queremos contagiar ni ser contagiados: al menos, nos quedará la solidaridad que nos caracterizaba y que nos caracteriza ahora, más de 40 días después.

El cambio de toda la sociedad

Efectivamente, el mundo está cambiando, y nuestra cultura, la de la cercanía, la de los dos besos y la de los abrazos por doquier no pudieron ni tan siquiera contar sus últimos días: vinieron sin preaviso y para quedarse. Y si de algo nos hemos dado cuenta con toda esta situación es que, por más que cambie nuestro modo de vida y nuestra visión del mundo, estos momentos tan duros han sacado lo mejor de nosotros, y que en 40 días se han creado miles de historias en cada uno de nuestros balcones.

Bárbara G.L.

Share on facebook
Facebook
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on pinterest
Pinterest

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Sociedad

Noticias

Centro de preferencias de privacidad