Colombia 2031: Plan Centinela

Colombia - Defensa de los Derechos Humanos. Fuente de imagen: madartzgraphics / Pixabay.
Colombia – Defensa de los Derechos Humanos. Fuente de imagen: madartzgraphics / Pixabay.
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Sinopsis de Colombia 2031:

En la Bogotá (Colombia) del 2031 vive un joven titubeante, pero seguro, que, en busca de mejorar sus perspectivas laborales, se instruye como piloto de drones, y consigue ser fichado por la más afamada empresa de la rama. El joven, conocido en sus operaciones, como “el piloto”, es puesto al mando de drones capaces de atacar objetivos estratégicos en la lucha contra el narcotráfico. Pero, el último de esos “objetivos” logra tocar la fibra sensible del piloto, y enciende la rebeldía del sumiso joven, para cuestionarse su manera de ganarse la vida, y manifestarlo de manera abierta, con todos los peligros que su acto insurgente puede acarrear.

“El 0074 está a tiro, centinela. A su orden, disparo”. Esa fue la última comunicación que le llegó al vigilante desde el puesto de su llamado “piloto”. El experimentado centinela asintió mientras escuchaba, su respuesta no podía tardar. Si estaba todo dispuesto, había que aprovechar una ocasión que era fruto de semanas de investigaciones y espionaje. Apretó la boca y de su garganta salió la esperada orden.

El centinela apuntaba directo como un futbolista ante una portería descuidada. Durante semanas había registrado a conciencia las investigaciones sobre la víctima: alto, negro, delgado, llamativo, cubano, activista, proselitista, dinámico, un puente entre los políticos comunales y su comunidad, nexos sin probar con la disidencia de la guerrilla. “Un benefactor”, pensó con sorna el centinela; la orden que pesaba sobre 0074 era una ejecución extrajudicial. 

El piloto no poseía esa información, se limitaba a prestarle sus ojos a la cámara del dron. Era un muchacho metódico: antes de hacer alguno de sus trabajos, respiraba hondo, vestía sus manos con los guantes de precisión, y abría un dispositivo plegable, que le servía de soporte para el simulador que operaba sobre sus hombros, a fin de ganar precisión. Enfocó a su blanco tras abrir la mirilla.

El dron se elevaba invisible a siete metros sobre el suelo, como un gran y pesado insecto, cargado con una ametralladora ligera de factoría norteamericana. Era un armatroste voluminoso que se erguía a no demasiados metros de altura, con la susceptibilidad de ser visto. Por ello, al piloto le resultó eterno el incompleto minuto que pasó entre su aviso y la orden final.

Tras unos minutos de inquietud, rigidez y espera, observó que su víctima reposó en una silla, con una botella de cerveza en la mano. Cuando el objetivo estaba sosegado, sentado en una mesa de la tienda de la esquina, decidió disparar. 

El reflejo en la mirilla tras el disparo era cada vez más vomitivo; pero estaba obligado a presenciarlo, en la empresa preferían cerciorarse de ocasionar bajas demostrables, en nunca dejar heridos.

Esa política sádica lo llevaba a ser siempre testimonio de muchas escenas de dudoso gusto: órganos explosionando como granadas maduras al caer al suelo, y esa noche, un certero tiro en la cabeza, que desplazó el tronco superior en tromba, para desplomarlo sobre la mesa, ante la sorpresa prevenida de sus acompañantes, que se espantaron y saltaron de sus lugares para esconderse de unas balas que nadie sabía de dónde venían.

Aquellas bajas podrían suponer una victoria entrecomillada, un punto para él en su expediente como piloto; pero, en realidad, se transformaban en fantasmas que, uno a uno, se presentaban en la caótica mente del piloto para robar su raquítica paz.

El piloto tardó menos de un minuto en desmontar sus aparatos y guardarlos en una pesada mochila. Desde el mirador en el que se situaba, escuchó los gritos de horror de los transeúntes, pero lejos de caer en el pánico, guardó su material, y saltó la primera de las verjas que se encontraría en las azoteas de esos edificios, desde dónde huyó en cuanto hubo oportunidad.

El vehículo de apoyo estaba a menos de un kilómetro, muy lejos para un sprint, pero para la tripulación del Jeep, adentrarse más en la barriada suponía despertar la suspicacia de los paramilitares que operaban en el barrio con mano de hierro, y estaban al tanto de cualquier movimiento anormal en su territorio. Dadas las circunstancias, lo mejor era probar la autosuficiencia de ese piloto; el centinela lo quería así, suponía una especie de prueba necesaria. De edificio en edificio, sin que lo vieran, como un ágil macaco que saltaba, corría y trepaba, el piloto, con su pesada mochila, iba dejando atrás los hondos lamentos, para pasar a sentir con fuerza su respiración agitada, ahogada por el pánico. 

Los acompañantes de 0074 se apartaron del muerto en el mismo instante del disparo. El centinela sabía que traficaban, y no eran peces pequeños, eran distribuidores medianos, que utilizaban la barriada como refugio. Los tres varones de ropa ostentosa, se escondieron para evitar una balacera para la que no estaban armados en su momento. Temían el ataque de alguna otra banda, o una ofensiva de los paramilitares, y ante el claro mensaje de ver a uno de los suyos emanando sangre sobre una mesa de plástico, huyeron en desbandada.

El piloto llegó al Jeep de apoyo, en frente de sí encontró el rostro sátiro, ajado, y de ojos brillantes del vigilante: “Entonces, aquí tenemos al mejor expediente de disparos desde dron”, decía el centinela, con media sonrisa, pensando en bromas para ese piloto con cara de niño mimado, con gafas para miopes, tez trigueña, pelo negro, y misterioso atractivo.

El coche arrancó brusco, como si estuviera fabricado para los empinados bosques de los cerros orientales de Bogotá, Colombia. Según le había informado el centinela, le pagarían sus honorarios en una base militar ubicada en medio de esos bosques. El viejo centinela, agarrando una carpeta de papel, miró con firmeza a los alterados ojos del piloto y comenzó diciendo:

“Según lo que contiene esta carpeta, usted tiene una trayectoria académica sobresaliente durante toda su secundaria, unos triunfos deportivos que dejarían en rubor a alguno de los mejores atletas actuales. Además de unas calificaciones de record en cálculo y trigonometría… ¡Todo es, sencillamente, impactante!… Sin embargo, antes de entrar como piloto de drones, usted se tiró cuatro años de su existencia muriendo lentamente en un McDonald’s, del que fue encargado sin mucha oposición… ¡Vea qué bien! ¡qué trabajador!”. 

El piloto cada vez se mostraba más incómodo con esa intromisión en su vida. “Usted, querido amigo, era una persona sin los medios necesarios para desarrollar su mejor talento, para sobresalir en esta sociedad; no lo había conseguido, y ese talento suyo es pilotar drones… Conozco su trayectoria, ha sido un autodidacta y ha descubierto un talento sin parangón. No quiero adularle, pero lo admiro y quiero que firme un autógrafo, si es tan amable”.

El gesto y tono de voz del viejo centinela sonaba tan sarcástico, que le resultaba insultante al poco experimentado piloto que se mantuvo expectante, porque intuía que las lisonjas, o burlas, no irían a parar ahí. “Señor piloto, como verá, le doy mucho peso al valor que tiene el equipo, como conjunto, como una unidad, esa es la clave del éxito…

Es por ese motivo que necesito pilotos que tengan esa excelencia y precisión que tiene usted. Necesitamos activos hagan ganar la guerra peldaño a peldaño, de manera estratégica, que formen un equipo de élite”. El piloto miró al centinela con recelo, no, no era un centinela como los que había conocido, no era como lo esperaba.

Más bien tenía pinta de ser uno de esos oficiales canosos del Ejército de Colombia, de esos que se encendían sus cigarros sin filtro con una cerilla de cajetilla. Cuanto más lo miraba, menos podía evitar pensar en que era uno de esos desalmados corruptos que disponían de las tierras y de sus habitantes como propias, en sus oscuras tramas con los paramilitares, delegaban la ley el orden, su jurisdicción. A lo largo de su corta vida, tipos como ese oficial habían truncado su futuro, el de su familia y los de millones de familias más de colombianos.

“Usted podrá formarse en las mejores escuelas de vuelo de drones, tanto militares, como comerciales… ¡Ya lo veo!… Entrenándose con los mejores en Estados Unidos, en Israel…, ¿usted se ha parado a pensarlo?”. Un agobio empezó a sentirse entre las promesas de ese “centinela”.

Pensó en salir de ahí, bajar a la ciudad, conseguir algo de esa marihuana que lo reconfortaba, y hacer lo posible por evitar pensar lo vivido esa noche, no en su asesinato, sino en ese incómodo momento en el que lo plantaba el centinela con sus ademanes manipuladores.

Pese a la repulsa que le causaba la actitud del centinela, algo llevaba al piloto a conocer más de las pomposas promesas que le dibujaba. Mientras el centinela se extendía en ofertas, el piloto se preguntó de dónde había podido sacar ese tipo toda la información que tenía sobre él. Sabía que había borrado, a conciencia, todo su rastro en internet, en una intentona por limpiar su imagen de cara a desconocidos.

Sin embargo, resultó muy sencillo para el centinela acceder a una carpeta del teléfono móvil de su piloto, y encontrar allí algo que lo podría minar, tal y como lo pretendía, tal y como iría a ocurrir.

El centinela sacó su terminal móvil. Por un momento parecía que hubiera cesado la matraca de lo bueno que era ese piloto para su equipo. El viejo oficial puso una mano en su boca, y en la otra sostenía su teléfono, cuya luz azul iluminaba su gesto licencioso.

Sonreía mientras, desde los altavoces, sonaban unas familiares risotadas que enervaron los ánimos del piloto, relegado a una segunda e incómoda posición. “¿Lo quieres ver tú también?”, preguntó el centinela sin esperar respuesta, mientras sonreía con cada vez más cinismo, desafiando al piloto con su mirada incisiva.

El piloto procuró pensar con mucha cautela mientras en su gesto se dibujaban las arrugas de una frente tensa: se habían colado en la memoria física de su móvil. No se había dado cuenta. No suponía que fueran capaces, pero tenían ese poder, eso era lo que podía ver… y, ¿de qué les servía?

“Imagine su futuro. Un alto tren de vida, sacando a su familia del barrio donde viven. Sé que son desplazados de la violencia, pobres, desfavorecidos, y eso me apena mucho… Pero, imagínese a usted, descansando en el sofá de su lujoso apartamento, con los pies sobre la mesa de centro y degustando un delicioso porro de esa marihuana cara que le gusta… Ese sería su futuro si eligiera un camino con nuestra compañía, claro”.

El centinela notó que el muchacho aguantaba en una tensión constante mientras él no paraba de torearlo a propósito, vacilando con sus deseos, con sus vergüenzas, con su memoria, regodeándose de sus alcances. El piloto se sentía desnudo ante ese oficial canoso y envejecido, no podía aguantar más.

“¿El puto Ejército?… ni loco”, era evidente que el camino delineado por ese oficial canoso sería muy ventajoso si careciera de memoria, de lealtad, pero ese no era el caso, aunque ese centinela provocador lo supiera mejor que él, los militares y los paramilitares habían diezmado a casi toda su familia en su Antioquia natal, y ahora eran ellos quienes le ofrecían una plaza unirse a ese ejército, una plaza vacante para reprimir a gente como él, para que fuera parte del engranaje de la maquinaria de guerra del Ejército de Colombia.

Aunque las propuestas que le hiciera sonaran ventajosas, se sentía con el honor de su familia pesando sobre él para que no accediera a colaborar con sus enemigos. Pero, eso era el principio. La gota que había colmado el vaso era esa delicada intromisión en su vida privada, esa extorsión con un viejo vídeo en el que, fumado, montaba un gran porro de cincuenta centímetros de largo, jaleado por las risas y los ánimos de sus compañeros.

Las vergüenzas a las que lo estaba exponiendo el centinela a modo de chantaje lo reafirmaban en su inclinación por abandonar aquella suerte de oficio, por muy bien que se le diera. No quería ser un sicario a manos del Gobierno. Desde hacía tiempo quería dejar de cargar con las responsabilidades de dar muerte a tipos como el 0074. Tipos que no lo merecían en absoluto, los hijos muertos de una patria infanticida, acostumbrada a ver a sus vástagos morir a manos de los hijos de otros.

El piloto le tomó el pulso a la mirada alcoholizada del vigilante, cuando creyó tenerlo en su mira, abrió su boca titubeante y le confirmó su decisión: lo dejaba, ese había sido el último, no quería cargar con más muertos en sus espaldas El centinela lo escuchó con paciencia, crujió sus cervicales mientras el muchacho alegaba que no iba a contribuir con ningún muerto más, y cuando terminó, el viejo, con media sonrisa, le pidió que se pusiera de pie, y se despojara de todo el equipamiento de la empresa y que bajara del coche. “Señor, estoy en la otra punta de la ciudad, ¿cómo pretende que me quede aquí?”, rogó el muchacho. “Bueno, una buena caminata siempre ayuda a aclarar las ideas, algo así decía Nietzche. Con suerte llegará hoy a donde vive”. El coche se detuvo, el centinela abrió la puerta del compartimento trasero del Jeep: “Vaya, mijo, y se lo piensa por el camino”.

Era una noche cerrada en medio del bosque. Cuando el vehículo de apoyo tomó distancia, el piloto sacó de su bolsillo la única pertenencia de la empresa que no entregó, un teléfono móvil con un localizador GPS de alta precisión. Anduvo con la pantalla en las manos para encontrar el primer asentamiento humano de la zona, por San Cristóbal Norte.

Anduvo durante kilómetros desde la espesura del bosque oscuro de la sabana de Bogotá, Colombia, hasta encontrar la primera suerte de calle de una naciente barriada. Su vista se nublaba, tenía sed, estaba cansado, sus pies se arrastraban, como si su cuerpo fuera tirado por una cuerda. Vio a un taxi aparcando al lado de una casa humilde. El taxista abrió la puerta de su casa y en la cara del piloto, la puerta se cerró.

Pero, el piloto tocó la puerta desesperado. De ella salió un hombre alto y obeso, le preguntó que qué quería, pero se negó a hacer una carrera tan larga y peligrosa a esas horas. Tras ruegos e incentivos económicos, el taxista accedió a llevarlo a su casa. No hablaron en el trasiego, el piloto se sentía atormentado. El taxi arrancó por un extenso camino en el que el piloto durmió, y suspiró por un poco de sosiego, ante esa descarnada Bogotá que se envilecía con el avance de la oscuridad.

Antes del incidente del 0074, la apatía del piloto por su trabajo había ido creciendo. Tenía una novia que tenía una fe ciega en las posibilidades de él, era ella la que más lo animaba a que buscara otras profesiones acordes a sus capacidades, pero el muchacho, dentro de las contradicciones de la nostalgia, resistía aferrado a su palmarés, diseñado por el Ministerio de Defensa con el fin de que manejar drones de ese tipo funcionara como un videojuego.

Esa era la idea que tenía inmóvil al piloto ante su futuro, creía que con su equipo y su pericia era alguien importante; pero sin ese dron no era nadie. Al mismo tiempo, los muertos en su espalda lo acomplejaban en esa sociedad de gentes bienpensantes, al punto de hacerlo sentir como un marginal. Aquello era lo que lo clavaba en el suelo impidiendo que se resarciera de su estado depresivo y melancólico. La falta de dinero fue la que lo hizo levantarse para, al menos, cobrar por su último trabajo.

Tenía que dar con ese altivo centinela que lo había dejado tirado en el bosque hacía un par de días. Intentó contactar con el empleado a través de la web corporativa de la empresa de seguridad, pero no hubo respuesta, y los días pasaba mientras el dinero se consumía.

Pasados unos días de tensa espera, el piloto tomó la decisión radical de personarse en las oficinas de la empresa. En el trayecto se figuraba cómo sería aquella importante empresa que le pagaba tan bien. Se imaginaba un lujoso edificio acristalado, lleno de ejecutivos adictos al café.

El autobús se acercaba a un batallón, el geolocalizador indicaba que ese era el lugar al que se tenía que dirigir, pero se resistía a creerlo. Con dudas, se bajó del vehículo, se acercó a la garita y preguntó por la empresa de seguridad. Un policía militar hizo una llamada y le indicó a otro compañero suyo que lo acompañara a aquella enigmática sede.

Por el camino, dubitativo, le preguntaba al policía militar si estaba seguro de que allí eran las instalaciones. El militar era parco en palabras, le dijo que sí en un par de ocasiones, y después se negó a darle más datos. Las oficinas de la empresa estaban compiladas en un edificio de tres plantas, ancho como toda una manzana, atendido por una amable secretaria que se prestó para escuchar el pliego de reclamos que tenía el piloto.

La secretaria parecía tomarlo con indiferencia, mientras el muchacho elevaba sus quejas. Lo escuchaba, pero no hacía un esfuerzo por conectar con ese atormentado piloto cansado de matar. Ante la pasividad, el piloto se preguntó si no sería él uno más de los que habrían llegado allí a reclamar por motivos similares. 

Pasados pocos minutos, el centinela apareció en la recepción, su vista se clavó en el piloto, que cerró la boca como por automatismo. Le dijo a la secretaria que ese asunto era de su competencia. El viejo oficial sátiro había pasado a mostrarse amenazante.

Metió al piloto a una sala de juntas, y con rabia y vergüenza, le recordó que trabajaba para una contratista del Ejército, y que ese numerito ante aquel que se lo encontrara se lo iba a tener que ahorrar para siempre, porque el miércoles le ingresaría su dinero, y su relación con la empresa quedaría suspendida indefinidamente: “Pero no tiene el número de mi cuenta”, le dijo el muchacho con inocencia. “Eso es lo que usted cree”, le soltó el centinela para desaparecer de la sala, dejando solo al piloto.

El piloto dio media vuelta recordando cómo lo adulaba hacía casi una semana ese “hijueputa”, y un afán de venganza empezó a carcomerlo. En el autobús, de vuelta a su casa, el piloto recordaba el gesto ausente de la secretaria, y del pensamiento que se le había cruzado en la cabeza: que no sería él el primero en aparecerse de aquel modo, que siempre se había hablado de manera encubierta de la existencia de desertores de aquella empresa.

Sin embargo, nunca los había buscado, no sabía si era sólo una leyenda, o un colectivo real. Parecía que se tratara de una agrupación ficticia, ya que la web de la misma empresa anunciaba jubilaciones de oro a sus heroicos pilotos. Se preguntaba cómo era posible que existiera gente que rehusara recibir ese dinero, y lo que suponía: un tratamiento respetable, comodidades… pero al recordar su situación se desplomó ante la evidencia, él era como ellos. Un excluido más, uno que los quería ver caer, que quería desenmascararlos.

La diferencia entre los buenos desertores y los malos desertores era que los últimos eran personas rebeldes, como ese piloto descreído de la vida, que no quería que su nombre se vinculara nunca más con el del Ejército, ya fuera por alguna acción pretérita, o por algo que pudiera manchar su nombre en el futuro. Pasadas dos noches de obsesión en torno a la existencia de esa tribu de rebeldes, el joven rastreó la existencia del grupo en la red, y lo encontró. En efecto, existían y preferían mantenerse ocultos, como desvelaba la dificultad para ser encontrados. Se trataba de un foro de una treintena de personas registradas, con usuarios muy activos, propicios para proponer debates para seguir al minuto, donde se formulaban maneras de golpear a la corporación que los contrataba y revelar su relación con el Ejército. No se barajaban ofensivas violentas, pero sí cómo complacer a una prensa cómplice y dócil ante el relato oficial de las Fuerzas Armadas, cómo ponerlas de su lado para que se abrieran a sus informaciones. Aquello era indispensable para propiciar el jaque a aquellos asesinos de guante blanco. Conforme pasaban los días, y los debates adquirían peso, se hacía más urgente reunirse en persona. 

Uno de ellos, el moderador de más rango dentro del grupo, propuso una reunión física, pero anónima. Compartió una ubicación GPS. La cita era en un bosque sin cobertura móvil, cerca de La Calera, Bogotá, Colombia, donde se reunirían a las 21:00 de esa noche, aquel miembro fundador los convocó ahí, en la clandestinidad, porque “se tomarían las decisiones más importantes”. Aquel día, el piloto se levantó de la mesa. Como una especie de tic, apartó su portátil, miró la hora y pensó en que, si realmente le interesaba ponerse en contacto con los desertores del foro, tendría que empezar a moverse. Ordenó lo más urgente de su apartamento, se cambió de ropa, se vistió de negro, con el fin de pasar desapercibido allá donde ese punto en el mapa lo llevara.

En Colombia, un país tropical y próximo a la línea ecuatorial, no existen cambios de hora relacionados a las estaciones. A las veinte horas, la negritud de la noche ya había tomado una ciudad que se mantenía despierta entre ruido y neones. La cita era a las 21:00 h., eso implicaba que el entorno estuviese cubierto por una oscuridad absoluta, allí, en un bosque de terreno rugoso que le recordaba a esa nefasta noche en la que fue abandonado por su empleador por no plegarse a sus deseos. El piloto llevaba tiempo alejándose del núcleo urbano, pero Bogotá parecía eterna, y el punto al que iba era tan remoto que ni el más pulgoso de los buses aparecía por allí. El piloto tuvo la precaución de no llevar ningún objeto de valor, salvo su móvil y su pistola, esa pistola que tenía para precauciones, y que no se quitaba desde la tercera vez que había sufrido un atraco.

El camino parecía más corto, 1,8 km por delante, según su geolocalizador. Los miedos empezaron a azotarlo conforme avanzaba en las tinieblas del bosque empinado. Se recordaba bajando un bosque así, asustado como un ratón fugitivo, la señal del geolocalizador aproximándose al punto de reunión era lo único que podía tranquilizarlo. Apoyando su espalda en el tronco de un árbol exploró la vista satelital del punto, era el risco de un cañón bastante profundo. Implicaba peligro, pero quizás el moderador hubiera preferido ese punto por algún motivo en particular. Era un canto de roca y tierra que sobresalía del bosque hacia un abismo. Tierra que avanzaba sobre el vacío.

Un total de doce miembros confirmaron asistir a la reunión. El piloto no fue de los primeros en llegar, había sido el quinto, con su timidez característica saludó a sus compañeros, que se identificaban con sus nombres de batalla. Él se había identificado como “Abrecartas”, todos supieron que era el nuevo, y fueron generosos en consejos ante los despreciables e inhumanos gestos de la empresa. A cuentagotas, fueron llegando más participantes, todos se fueron identificando, algunos contaban sus batallas, y otros, como el piloto, preferían ser más cautos con sus palabras. Tras la travesía hecha por todos, las voces sonaban emocionadas por llegar, y el encuentro con sus compañeros de fatigas, los llevaban a un júbilo propio del de los náufragos rescatados. 

Habían llegado once, faltaba uno. Los jóvenes hablaban entre sí sin quitarse sus respectivas máscaras. La mayoría de las voces exhalaban juventud y osadía. Después de las batallas propias del pasado, prosiguieron con esos debates que tenían lugar en el foro, pero con un ánimo más distendido y un tono más amable que el del frío lenguaje virtual. La atmósfera distendida se rompió cuando llegó el miembro más antiguo, el que había creado la red con los desertores, el respetado moderador. El grupo pasó a guardar un silencio atento ante la llegada de aquel hombre que se aparecía con un gran morral al hombro, quebrando la primera norma del encuentro: no llevar nada que no fuera indispensable. Los jóvenes integrantes del grupo pensaron que quizás portaba algo necesario para llevar a cabo alguna exposición. La voz de ese hombre detentaba un nivel de autoridad que lograba que los demás obedecieran, como si él fuera el maestro de ceremonias. Descargó su mochila en el suelo, y adentró sus manos en el equipaje. “Gracias por venir, compañeros, coloquémonos en semicírculo; de cara al cañón, por favor.”

Al abrir la bolsa, se levantó con un fusil M16 que disparó en ráfaga con la pérfida intensión de tirotear a todo el grupo de jóvenes, vaciando sus cargadores, empezando por la izquierda, donde estaba el piloto. El muchacho se lanzó en plancha al suelo, los demás pilotos gritaban agónicos mientras el sádico moderador clavaba sus balas en sus cuerpos. El ruido de la ráfaga de disparos se potenciaba con el eco, y retumbaba en los huesos de los muertos, y los que iban a estarlo. El piloto reptaba todo lo rápido que podía para esconderse en el oscuro bosque, tras el grueso tronco de un longevo árbol. Cuando el moderador creyó haber ejecutado a todos los miembros del grupo, su ansia de sangre lo llevó a sacar una pistola, con la que iba, muerto a muerto, rematándolos como si quisiera sacarles el alma a disparos. Tras el tronco del árbol, el piloto sacó su pistola, la cargaba con la templanza que lo caracterizaba. Se levantó, se escondió detrás de otro árbol y, en cuanto tuvo ocasión, le plantó tres tiros por la espalda al desequilibrado que había orquestado esa masacre. 

El pirado del M16 y una desertora muerta cayeron al tiempo hacia el desfiladero. Una intensa conmoción alcanzó al piloto ante el rosario de muertos que se dibujaba en forma de semicírculo, como si fuera una especie de ritual satánico, o algo más macabro en lo que él también podría haber caído. Solo un nivel de enajenación muy profundo podría explicar esa acción. Rogaba que ojalá pudiera haber manera de saber quién era el asesino. Notó en la oscuridad un montículo, era la mochila de donde el tipo había sacado el arma. Abrió un bolsillo interior, miró una enseña con la linterna de su móvil. Teniente Coronel Jaime Alfredo Bustos Márquez, en la foto identificativa figuraba el rostro ajado y cínico del viejo “centinela”.

La rabia empezó a pudrir al piloto por dentro. Era ese militar el que había maquinado la existencia de ese grupo de disidentes como manera de deshacerse de aquellos que “sabían demasiado” y se resistían a ser indemnizados de buena manera. Abrió su ordenador, crackeó la contraseña con la ayuda de su teléfono, y ahí vio los perfiles de esas doce personas destinadas a morir. Vio su propio perfil: su foto, sus datos, sus preferencias y hasta su debilidad más personal: la marihuana. El piloto sujetaba el ordenador tembloroso, haciéndose mil preguntas. ¿Y a él?, ¿quién se preocuparía de ese militar, su destino y sus métodos? Seguramente habría alguien que ordenara y diera luz verde a sus operaciones, pero averiguar de quién, o quiénes, era como buscar una aguja en un pajar.

No era ningún militar ocioso con sus datos; era un experto en seguridad informática, del que tenía la certeza de que no encontraría nada. Luego pensó en que, si se llevara ese portátil para escudriñarlo en su casa, su vida correría cierto peligro, el equipo podría tener un chip para que fuera localizado. En ese momento, con la violenta ráfaga de disparos retumbando en su mente, el piloto pudo empezar a atar cabos. Tal vez la existencia de la empresa de seguridad fuera una iniciativa encubierta impulsada por ese oficial, un emprendimiento que se había convertido en algo tan molesto y peligroso para las Fuerzas Armadas de Colombia, que lo mejor sería aniquilarlo de aquella manera, aprovechando un verdadero anonimato. 

Con esas cábalas en mente, el piloto sentía la necesidad de contar qué había ocurrido esa noche en ese bosque. Bajó corriendo, serpenteando los árboles en la oscuridad, mientras pensaba en la prensa. Esa noche, desde el autobús que lo sacaba del macabro bosque, buscó a un periodista al que seguía por encargo. Contactó con él, se vieron sin importar la hora. El periodista grabó su testimonio, el piloto pidió anonimato. Mandaron notas, dosieres, pruebas. Ese periodista se encargó de que la información llegara a manos de todos los medios de comunicación de la capital, podría desatarse un auténtico maremágnum de ser publicadas las denuncias del piloto.

Dos días después, Nixon Javier Niño Morales, conocido por su empleador como “el piloto”, era velado en una sala ubicada a dos calles de la casa de su madre. Nadie supo qué había pasado, todos insistían en que el muchacho no se metía con nadie. Fue víctima de un disparo que lo alcanzó por la espalda, cerca de su casa, pasados pocos días de su hallazgo. 

Nadie vio nada, ninguna persona observó a nadie extraño en su entorno. Era como si un fantasma le hubiera disparado por la espalda, justo en la cabeza, para dejarlo boca abajo, tirado en la calle, siendo el epicentro del pavor en el lugar. Su muerte sigue siendo un misterio. Nixon presintió su deceso cuando se dio de bruces con el silencio mediático, nadie tuvo el valor de publicar sus informaciones. Tras acabar ese día buscando su noticia, medio a medio, le escribió a su mejor amigo. Nixon estaba borracho y desesperado, pero aún atisbaba lucidez: le pasó un par de archivos “por si le pasaba algo”. No quería que nadie más sufriera otra represalia, por lo que formateó su disco duro, y lo taladró para que quedara inservible. Uno de los archivos delegados por Nixon fue una carta a su madre, en caso de que su muerte tuviera lugar. Una carta en la que le contaba qué había pasado, por qué había muerto, y quiénes eran sus enemigos. La señora Josefina Morales es sólo uno de los testimonios de los desaparecidos de la Colombia del 2031. Gracias al apoyo de una ONG local que trabaja, sobre el terreno, por el respeto de los Derechos Humanos, hoy su testimonio cobra luz.

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