Bosque tenebroso. Fuente de imagen: Pixabay.

Querido diario,

Mi nombre es Koraline McAtwood y vivo con mi familia. Ésta está compuesta por mis padres, mis cinco hermanos y hermanas, y la familia Kent, que han sido nuestros sirvientes desde que tengo memoria. Vivimos en una gran casa en Blackrock, cerca de Dublín, Irlanda. 

No tengo costumbre de escribir sobre mí misma, pero mi hermana Anetha me regaló este diario por mi cumpleaños. Normalmente lo habría colocado sin más en la estantería, pero tenía la necesidad de hablar con alguien sobre esto…

Hace algunas noches me escapé de mi habitación por el gran ventanal. Cogí mi caballo de los establos y monté en él hacia el bosque. Estaba oscuro y daba miedo. Estaba aterroridaza, pero no quería admitirlo. Solo quería seguir y ver qué podía encontrar. La curiosidad me mataba por dentro, y eso me daba las ganas que necesitaba para seguir. Sin embargo, mi caballo empezó a relinchar y todos mis esfuerzos para calmarle quedaron en vano en el momento en que me tiró al suelo y salió corriendo. Quise buscarlo, pero no podía ver nada y estaba confusa, además de oficialmente perdida.

De repente, una luz surgió como de la nada. El golpe que me di contra el suelo me había dejado algo aturdida, pero en cuanto me recuperé anduve hacia ésta. Pasaron unos minutos hasta que pude divisar la silueta de un castillo. Me quedé petrificada. Escuchaba varias voces, pero no sabía de dónde venían.

—¡AYUDA! ¿Hay alguien ahí? —grité, pero nadie respondió. Lo intenté de nuevo, una y otra vez, hasta que un señor de avanzada edad salió de la casa.

—¿Quién anda ahí! —respondió él al abrir la puerta. Cuando me vio fuera, me invite a pasar y llamó a su señor. Se trataba del mismísimo Lord Evans, y el anciano era su criado. Había escuchado rumores de que era muy apuesto, pero nunca había creído una palabra. No hasta que lo vi con mis propios ojos.

El Lord me invitó a quedarme esa noche en su castillo, y ordenó a su sirviente, a quien llamó Adams, que me preparase algo para comer. Durante la cena, Lord Evans me preguntó que qué me había pasado. Cuando le conté que mi caballo había desaparecido en la oscuridad, respondió que me ayudaría a encontrarlo por la mañana. 

El señor Adams era también el jardinero, y me pareció una persona entrañable. Solo tenía un ojo (en el otro tenía un parche), por lo que supuse que el otro lo habría perdido en un misterioso accidente. En lo que a Lord Evans respecta, supongo que también puedo afirmar que era amable, supongo que se debía a que yo era una invitada, aunque una parte de mí sentía que había algo extraño en el ambiente.

Cuando acabé de cenar, el Lord me mostró la habitación en la que iba a pasar la noche, y me dijo que solo tenía que hacérselo saber si necesitaba lo más mínimo. Me sentí como si estuviera en casa, pero tan pronto como me dispuse a tratar de dormirme, las voces surgieron de nuevo. Me levanté para cerrar la ventana, pero las voces no cesaron. Empecé a asustarme cada vez más cuando me di cuenta de que venían de la habitación en la que se suponía que tenía que dormir. No vi nada con claridad, pero parecía haber una sombra al lado de la puerta. Puede que me equivocara, puede que no… Me acosté de nuevo y me tapé. Traté de olvidar todos esos ruidos y de cerrar los ojos, esperando poder quedarme dormida lo antes posible.

A la mañana siguiente fui en busca del Lord para pedirle que me ayudase a encontrar mi caballo, tal y como prometió la noche anterior. Cuando llegué a la cocina, el señor Adams empezó a mirarme fijamente, de una manera algo extraña.

 —Señor Adams, ¿está usted bien?

—Leighton… —Suspiró.

—¿Disculpe? ¿Quién es Leighton? 

—Tú… tú eres mi hija Leighton… le apartaron de mi lado cuando era… quiero decir, te apartaron de mi lado cuando… eras un bebé. Estás de vuelta, por lo que ya estamos juntos de nuevo. 

El Lord llegó a la cocina y, mientras que al principio no le dio importancia a la situación, ya que pensó que solo estábamos hablando, se dio cuenta de que algo no iba bien cuando vio mi cara. Preguntó si iba todo bien, y respondí que sí. No obstante, la cara del señor Adams le dio a entender de que yo mentía, por lo que volvió a preguntar: “¿Qué ocurre?”

Como no obtuvo respuesta, Lord Evans decidió que había llegado el momento de que fuéramos a buscar mi caballo, pero el señor Adams había cerrado la puerta principal con cerrojo y no permitía que nadie saliera porque temía que “su Leighton”, es decir, yo, le abandonase de nuevo.

—Seamos civilizados, señor Adams, ¿puede usted abrir la puerta?

—¡No! ¡No volverá a irse! 

Lord Evans trató de protegerme, pero el señor Adams cogió una espada de la colección del propio Lord y le atacó. Yo no sabía qué hacer, ya que nunca me había encontrado en una situación similar. En un momento, fui corriendo hacia el ventanal del lado opuesto del salón de entrada, rompí el cristal y escapé de allí. Sin saber cómo lo logré, finalmente llegué a casa, a mi casa y, aunque me castigaron por haberme escapado, me alegré por ello.

Sin embargo, ahora tengo una pregunta que no logro sacar de mi mente… ¿Es esta mi verdadera familia?

Categories: Relatos

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