Anna Coleman Ladd se sirvió de su pasión, la escultura, para cambiar la vida de los soldados cuyos rostros quedaron desfigurados en la Primera Guerra Mundial.

Anna Coleman Ladd. Fuente de imagen: Biblioteca del Congreso de EE.UU.

Anna Coleman Watts nació en Filadelfia en 1878 y estudió en Europa. En 1905 se casó con el doctor Ladd, de quien tomaría su apellido, y se mudó a EE.UU., aunque regresó nuevamente a Francia junto a su marido con la finalidad de ayudar durante la Guerra.

No era doctora, pero encontró la manera de devolverles las ganas de vivir a los soldados. Muchos de ellos vieron cómo sus rostros quedaban desfigurados en los continuos enfrentamientos durante el conflicto, y era ahí donde ella podía ayudar. De este modo, Anna Coleman Ladd fundó el Estudio de Máscaras-Retrato en París, que dependía a su vez de la Cruz Roja estadounidense.

Debido al papel que jugaba la mujer en la época, el trabajo de Anna no hubiera sido posible de no ser por el trabajo de su marido.

Aunque recibió premios internacionales como la Legión de Honor Croix de Chevalier y la orden serbia Saint Sava por su trabajo, no lo tuvo nada fácil. ¿Por qué? por ser mujer. Así pues, se tuvo que valer del puesto de su marido como Director de la Oficina del Niño en Toul para lograr que le concedieran el permiso sin el cual no podía abrir su estudio.

Máscaras de Anna Coleman Ladd en el archivo del Instituto Smithsonian.

A él acudían soldados que habían perdido las ganas de relacionarse con los demás, o incluso de vivir, por las secuelas físicas de la guerra. Anna se servía de fotografías de antes de la guerra y de los testimonios de los propios soldados a la hora de crear las máscaras.

Una vez tomadas las medidas, Anna Coleman Ladd colocaba las máscaras a los soldados y las pintaba sobre sus caras con el objetivo de hallar el tono exacto de la piel. Las máscaras quedaban luego fijadas a la cara mediante gafas u otros elementos que permitieran sujetarlas. Se podía tardar hasta un mes en acabar una máscara, pero, para 1919, ella y su equipo ya habían ayudado a casi 200 soldados.

Derwent Wood, con quien Anna Coleman estaba en contacto, llevaba a cabo una labor similar desde Londres.

También es destacable la labor de su compañero de profesión, Derwent Wood. Éste, un escultor británico, propuso algo muy similar en Londres cuando se alistó en el ejército en 1915. Wood era voluntario en el Tercer Hospital General de Londres y planteó una solución artística a fin de ayudar a los soldados que tenían los rostros desfigurados a pesar del trabajo de los cirujanos. Esa solución eran las máscaras, que también pintaba sobre los rostros de quienes las necesitaran.

Derwent Wood trabajando en la máscara de un soldado con un compañero. Fuente de imagen: Imperial War Museums.

Así es como, junto a un equipo de escultores de la Escuela de Arte de Chelsea, creó la “tienda de narices de hojalata”.

Hoy en día, muchas de esas máscaras, que bien serían las predecesoras a las prótesis existentes en la actualidad, ya han desaparecido. No obstante, aún quedan imágenes de la época en el Instituto Smithsonian, en la Biblioteca del Congreso de EE.UU. o en el Imperial War Museum británico.

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