La Unión Europea insta a España a prohibir las instituciones o grupos con idearios fascistas, al tiempo que critica duramente los asesinatos de personas contrarias a grupos de extrema derecha.

Algunos ejemplos a destacar podrían ser el asesinato de Jo Cox, en Reino Unido; el de Pavlos Fyssas, en Grecia o el ataque al campamento de la Liga Juvenil del Partido Laborista de Noruega en verano de 2011.

Desde su fundación, una de las ideas principales de la Unión Europea era terminar con las consecuencias del fascismo que había azotado el continente desde tiempos de la 1ª Guerra Mundial.

Lo hicieron, pues, mediante la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, una unión económica y política. El objetivo era doble: por un lado, aplicar medidas que permitieran a los países miembros importar y exportar bienes y servicios entre ellos sin costes aduaneros para que el continente saliera de la crisis en la que había quedado sumido tras la 2ª Guerra Mundial. Por el otro, garantizar la paz en el continente.

De seis países miembros en 1952 se pasó a veintisiete países en 2018, si finalmente tiene lugar la salida del Reino Unido de la Unión.  

Cambios constantes

A los seis países iniciales, Luxemburgo, Países Bajos, Francia, Italia, Bélgica y la Alemania Occidental, se irían uniendo otros. A medida que eso ocurría se irían sumando más objetivos y nuevas medidas para lograr cumplirlos, desde el respeto a las leyes nacionales, siempre y cuando éstas no interfirieran con las comunitarias.

Entre mediados de los años 80 y la primera década de los 2000, la Unión Europea vio cómo se unían a ella países que habían iniciado su transición democrática poco tiempo atrás (10 años, en el caso de España; 11, en el de Portugal; 12, en el de Eslovenia o 17, en el de Rumanía y Bulgaria).

Además, en algunos de estos, como España, si bien es cierto que la democracia dio lugar a nuevos partidos y a la nueva legalización de otros existentes, como el Partido Comunista, también se crearon partidos políticos a raíz de los restos de los partidos gobernantes durante las dictaduras. ¿La razón por la que esto ocurrió? que no se produjo una regeneración completa ni se aseguraron de que los antiguos cargos del régimen quedaran fuera de las instituciones democráticas. En estos casos, pues, mientras que de cara a la esfera internacional el país había cambiado, de puertas para dentro seguían existiendo los mismos problemas de siempre. Prueba evidente de ello fue el golpe de Estado del general Tejero en febrero de 1981.

La inmigración y las minorías religiosas

Fue poco después de la apertura de aquella Europa que buscaba la paz entre sus países miembros cuando se produjo un aumento de los mayores conflictos internacionales en África, Latinoamérica y Asia.

Coincidiendo con la independencia de muchos países africanos y asiáticos y con conflictos internos raciales en otros casos, el viejo continente viviría un problema al que no se quería enfrentar: una serie de conflictos que eran, en realidad, una consecuencia de sus políticas expansionistas.

Las guerras de independencia de India y Pakistán en 1947 y 1948; las guerras civiles en Paraguay (1947), Costa Rica (1948) y Guatemala (1960-1996); las guerras de independencia en el Magreb entre los 50 y los 60; los regímenes dictatoriales en Latinoamérica; el terrorismo de grupos como Sendero Luminoso que azotó Perú durante 20 años; las guerras contra el narcotráfico en Colombia y México; los continuos conflictos en Oriente Medio desde la década de los 40; las guerras en Ruanda y Congo a principios de los 90 o la Guerra de los Balcanes son solo algunos ejemplos.

Las consecuencias de los conflictos

Con todo esto, Europa se convirtió en refugio de millones de personas que, bien directamente por los conflictos o por las consecuencias económicas que estos conllevaron, se vieron obligadas a dejar sus países y buscar refugio.

Queda claro que algo pareció fallar cuando Europa pasó de ser un continente de acogida a un continente donde la multiculturalidad y el racismo se han convertido en bazas políticas, según a quién le convengan, y donde la integración se puede calificar de utopía.

¿Se pueden prohibir los símbolos religiosos?

Las religiones de cualquier tipo han estado siempre presentes en los mayores conflictos internacionales, o, más bien, todas las partes implicadas las han instrumentalizado.

Esto es así incluso desde tiempos de la colonización de América, África y Asia por parte de los distintos países europeos. Frente a esto, el continente europeo no pareció preocupado al respecto hasta que no tuvo que enfrentarse a aspectos como la multiculturalidad, la integración y, a fin y al cabo, la autocrítica.

No obstante, pronto quedó claro que la multiculturalidad, es decir, la coexistencia entre culturas, no interesaba. Si l@s recién llegad@s querían vivir en Europa, tendrían que integrarse: aprender el idioma, las costumbres y acatar las leyes.

Multiculturalidad. Fuente de imagen: cfibd.fr.

A raíz de acontecimientos como el del 11 de septiembre en Nueva York empezaba a surgir una nueva ola de odio hacia lo foráneo, hacia lo “extraño”, especialmente hacia la comunidad musulmana, o hacia toda persona que se negase a “integrarse”, es decir, olvidar su cultura de origen para “occidentalizarse”.

Surgió, pues, un nuevo debate en países como Reino Unido, Francia, Alemania, Dinamarca o España: ¿se pueden prohibir los símbolos religiosos con el fin de salvaguardar la seguridad nacional del país de acogida?

Ya en 2009, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU aprobó una resolución que repudiaba la violencia y los ataques de todo tipo contra las personas en función de sus creencias, e instaba a los países a tomar medidas para promover la tolerancia y el respeto hacia todos los individuos independientemente de su religión. Pero, ¿ha surtido efecto?

Manifestaciones fascistas

Pese a que los grupos y las asociaciones fascistas-nazis están prohibidos en países como Alemania o Italia, en buena parte de Europa se siguen permitiendo manifestaciones con tinte fascista nacionalista siempre y cuando no incumplan la ley.

En Reino Unido, por ejemplo, cuando se producen manifestaciones de grupos fascistas como EDL (English Defence League, un grupo islamófobo de extrema derecha), acostumbran a haber conflictos entre bandos de posturas completamente contrarias. Así pues, mientras que las fuerzas del orden custodian a los grupos fascistas, son esos mismos cuerpos de seguridad los que en ocasiones han detenido a miembros de grupos antifascistas.

En España, al contrario que en Alemania, sigue siendo legal la existencia de grupos que hacen apología del franquismo, como la Fundación Francisco Franco, la Falange o Hogar Social, algo que la Unión Europea ha criticado recientemente, pues se considera que exaltan ideas antidemocráticas.  

Estos grupos y asociaciones fascistas están, en muchas ocasiones, dentro de las instituciones, bien en solitario, como es el caso del Front National en Francia o VOX y Europa 2000 en España, o como parte de grupos políticos de ideas aparentemente demócratas. Entre estos están, por ejemplo, el Partido Popular (una parte del cual tiene lazos con antiguos ministros franquistas) o Ciudadanos, en España.

Manifestación del Hogar Social Madrid, organización fascista española. Imagen de: ÓSCAR DEL POZO. Publicada en el diario ABC.

Minorías religiosas: ¿sí o no?

En lo referente a la religión, da la sensación de que Europa no acaba de encontrar la manera de actuar conforme a las ideas de tolerancia que tanto promulga. Prueba de ello es que países como Albania o Bosnia, de religión mayoritariamente musulmana, siguen quedándose a las puertas de Europa.

A esto podemos añadir el hecho de que Turquía, un país de 80 millones de habitantes con una población cristiana y musulmana, lleva llamando a la puerta de Bruselas desde 1987 sin opciones reales de hacerse oír.

Si bien es cierto que las ideas del gobierno actual en Turquía no casan con las ideas de Bruselas, hay que destacar que Erdogán no ganó las elecciones hasta años después de que los turcos tratasen (varias veces) devenir miembros de la Unión Europea y se encontrasen con una barrera de condiciones tras otra. Entre estas condiciones, podemos destacar la abolición de la pena de muerte o el reconocimiento de los grupos minoritarios y el respeto de sus derechos (los kurdos, en el caso de este país mediterráneo), así como una serie de medidas que ayudaron a potenciar la economía del país.

Las verdaderas razones del sutil no a Turquía

Todas las medidas aplicadas parecían ser insuficientes, ya que el principal problema era la población y su religión. De hacerse efectiva la entrada de Turquía en la UE, éste sería el segundo país con mayor representación en las instituciones con 79,12 millones de habitantes, y la población musulmana pasaría del 5 al 20%. No es necesario decir que esto es algo que Francia (con 67,12 millones) y Alemania (con 82,52 millones) no están por la labor de aceptar.

Cuando, en la Guerra de los Balcanes, la CEE intervino a favor de Eslovenia y Croacia (los dos únicos países de los Balcanes que hoy forman parte de la UE), lo hizo por varios motivos. Uno, porque estos eran los países más ricos y los más próximos a los ideales de Europa.  Sin embargo, para ello se les obligó a aplazar la fecha de independencia tres meses, y Croacia se vio obligada a cambiar su Constitución para garantizar la protección de los grupos minoritarios.

Los miembros de la comunidad judía, no obstante, parecen tenerlo más fácil para ser aceptados en la Europa actual. Ya sea por motivos históricos, por un sentimiento de culpabilidad por lo ocurrido durante la 2ª Guerra Mundial o por el hecho de compartir una mayor cercanía con la cultura cristiana, lo cierto es que pocos conflictos o encontronazos se han producido en los últimos siglos entre ambas comunidades.

Foto de una reunión entre Ángela Merkel y Recep Tayyip Erdogán. Cumbre de la ONU en Estmbul en 2016. Fuente de imagen: La Vanguardia.

¿Pondrá la Unión Europea fin a los movimientos fascistas?

Pese a que, de cara al escaparate internacional, la Unión Europea se ha convertido en un ejemplo a seguir para muchos países, aún hay muchos problemas que solucionar de cara a la ciudadanía de la Unión.

A raíz del brexit, quedó claro que los problemas abundan, y que esa unión donde la multiculturalidad perfecta era posible no era más que un conjunto de países con ideas comunes un tanto utópicas. Las luchas de intereses seguían existiendo, y Goliat siempre iba a ganar a David. Ya no por la fuerza, pues eso está mal visto, sino por otros métodos más sutiles, como la venta de armas a países en conflicto y el envío de ayuda internacional a otros, escogidos en función de los intereses.

Se podría afirmar que el fascismo y la supremacía de unos sobre otros son, en realidad, algunos de los elementos que hace que la UE sea tal y como es. Se ha querido luchar contra esto, pero no se ha logrado erradicar por completo porque el fascismo aún está arraigado en las instituciones y en la forma de pensar de algunos grupos de poder.

Con respecto a la pregunta inicial de si la UE pondrá fin a los movimientos fascistas, queda claro que, para lograrlo, sería necesario un ejercicio de autocrítica en profundidad. Lograrlo dependerá, pues, de un cambio radical (que no radicalizado) de perspectiva y de intereses.  

Categories: Política

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