Con motivo del Día Internacional de la Niña, nuestro compañero Jorge Salazar nos ofrece este relato que cuestiona los roles impuestos a las niñas. Con la historia de Esther, la protagonista de esta obra, se cuestionan los cánones de belleza impuestos por la sociedad, que son reproducidos por padres, madres, y educadores. El relato va más allá de la cuestión de la belleza y se adentra en la psicología de un personaje que decide tomar un camino que va más allá de lo fácil: ser alguien admirado por su aspecto físico.

Fuente de imagen: Pixabay.

No se sabía si habían sido los caprichos de la genética, o qué tipo de conjuro, el que dotó a Esther de unos rasgos atribuidos a los ángeles: unos ojos azules y profundos, un pelo rizado de querubín, y una delicadeza precoz para un bebé tan pequeño. Sus padres eran de tez más bien oscura y de pelo negro. Esther no respondía a estereotipos sobre niñas rubias y angelicales, simplemente existía tal y como era ella.

Fue creciendo y las monitoras de la guardería se desvivían por los coloretes que ella asomaba bajo sus mejillas después de correr, y le decían cosas como “¡Ay, qué niña tan guapa! ¡Si es que me la comería a besos!”. La pequeña ya empezaba a manejar ese cariño tan frecuente, ya era consciente de tener una belleza inusual. Esther empezó a manejar esos halagos con inteligencia. Si había un niño en la guardería que tenía el juguete que ella quería, le decía que lo soltara y le acariciaba la cabecica; el chiquillo acababa cediendo. No lo tuvo tan fácil en su casa. Sus padres ya estaban acostumbrados a la belleza de su niña y no por ello iban a ceder en todos sus caprichos, aunque se enrabietara, aunque del querubín pareciera emerger un demonio.

Esther fue creciendo mientras manejó a la guardería como su cortijo; pero le vino un reto más grande: el colegio. Las profesoras también sucumbían a los encantos angelicales de la pequeña, y procuraban tratarla, casi, con preferencia. Pero, en primero, hubo un profesor de Matemáticas a quien Esther amenazó con desobedecer. Ella quería algo que pudiera entender, no esos números raros que no comprendía por ser la niña privilegiada de párvulos, así que la niña optó por el camino de la rebeldía. Cuando la niña inició el conato de berrinche en el aula de clase, el profesor la apartó a una esquina al fondo. Le dijo que no se preocupara, que después se lo explicaría a ella, pero que, por favor, le dejara dar la clase a los demás niños. Esther se enfurruñó porque, de nuevo, alguien no sucumbía a sus encantos y, para ella, eso suponía una derrota. De todas formas, hizo caso a su profesor y se mantuvo ajena durante la media hora que quedaba.

Cuando todos los alumnos salieron del aula, el profesor le dijo a la niña: “Esther, ven, ahora lo vas a entender tú, y no lo olvidarás nunca”. La sentencia del profesor resonó como lo más profundo que hubiera oído la niña hasta el momento.

El maestro puso una silla al lado de la primera línea, le dijo en qué pupitre se sentara, la miró a los ojos y le dijo: “Imagina, Esther, que yo tengo cinco manzanas, pero como tú tienes hambre, te doy dos. ¿Con cuántas manzanas me quedaría yo?”. La niña no tuvo que detenerse a pensar: “Tres”, le dijo con firmeza. El maestro se mostró sorprendido, y la gratificó: “Como ves, Esther, esto no es tan difícil, y por lo que veo se te da bien”. “¿De verdad crees que se me da bien?, preguntó la niña en un amago de crecerse. “Pues parece que sí. Vamos a intentarlo con algo más difícil a ver si es verdad que se te da bien”.

El maestro fue combinando ejercicios de sumas, de restas, le explicó unos principios de multiplicación… pero no la quiso saturar, aunque la niña pareciera querer continuar. Desde aquel encontronazo, entre las matemáticas de manual a las matemáticas de un profesor que controla su clase y conserva su pasión por enseñar, fue mucho lo que cambió en la vida de Esther.

Ya estaba harta de ser la guapa, empezaba a leer y a usar “palabras de mayores”. Aquel maestro interino logró que esa muchachita dejara de ser una especie de muñequita de porcelana para convertirse en un ser pensante. Una niña que hacía preguntas que no formulaba antes, que cada vez estaba más pendiente de los demás que de ella misma. Y, aunque la edad del pavo la hiciera tambalear, pero con mesura, Esther, la mujer, tomó pronto las riendas de su vida, aprendió que todo éxito depende del empeño, del sacrificio, y se encaminó muy pronto a estudiar la carrera con la que llevaba soñando mucho tiempo: la Arquitectura.

Ayer pasé por el hospital a ver a Esther. La ingresaron en Psiquiatría. Me avisó Pedro, su eterno enamorado. Yo le había perdido la pista hace un par de años… ya se sabe lo que pasa en una ciudad como ésta, donde la gente va y viene y ni te enteras. Se había intentado suicidar, y no quiero entrar en detalles, pero suscribo una a una todas sus razones y las de todos los egresados y egresadas de las universidades españolas que no tienen una salida en un país que no se las da.

Le di un abrazo, le dije que la cosa iba mejor, que están construyendo más, que cada vez hay más proyectos, que puede conseguir un trabajo cuando esté bien. La rubia de rizos y ojos azules me soltó para decirme: “Pan para hoy, hambre para mañana”. Pensé que estaría enajenada, o bajo el efecto de algún fármaco: “Ahora estamos en un ciclo de subidón, y si hace falta, la gente construiría sobre el mar. Pero es un ciclo, Chicho, y se acaba. Y luego suben los tipos de interés, y la gente no puede pagar esas casas tan bonitas que diseñamos, y se van a la mierda, y la policía los desahucia… Es un ciclo, Chicho. Pan para hoy, hambre para mañana… Joder, tendría que quitarme de en medio, pero bien, hacer algo tan bien hecho, que estas palabras no las tenga contigo, sino con San Pedro”.

Esas últimas declaraciones las sentí como hielo en la espalda. No supe qué decir porque parecía imposible animarla. Ante mi inoperancia, creí que lo más sensato era salir de ahí. Le di un beso en la frente y un abrazo fuerte. Le dije que cuando la soltaran la buscaría, porque no me convencía lo de su cita con San Pedro. Y resultaba que la más cuerda de este sistema de locos estaba encerrada con otros locos, que quizás tampoco estuvieran tan locos. No podía con tanto, tenía que irme.

Antes, en la garita de los enfermeros, tuve el flash de preguntarle a alguien por cuántos casos de intentos de suicidios les llegaban a ese pabellón. Cuando le hice esta la pregunta a un señor veterano casi se carcajea, y me dijo: “Casi todos los que están aquí han querido matarse y están aquí por eso”. Entonces, ensombrecía la alegría irónica del inicio; me di por bien servido, le agradecí, y me fui. Caminaba imbuido en pensamientos sobre curas inexistentes para una sociedad enferma como la nuestra, tan enferma que hasta a una chica como Esther quedaba al borde de la autodestrucción.

Todos íbamos y veníamos en silencio, evitando miradas, pero mascando tragedias internas que no nos dejan dormir, y como dijo un buen amigo: “Por la noche la soledad desespera”. Será eso que vivimos muy solos y presos de nuestras aspiraciones. Que soñamos con un ideal, con una utopía, y creemos rozarla, pero no existe.  Nada deja de ser terrenal, al menos en los dominios donde no manda San Pedro.

Entonces me pregunté… ¿y si Esther no hubiera dejado de ser esa chica “bonita”? Probablemente se habría casado, tendría hijos, ¿y sería más feliz? Era tarde para preguntarlo. Ella estaba allí, recibiendo cuidados médicos y psiquiátricos, y yo lanzando conjeturas sobre una vida que no me pertenece. Sea cual sea el caso, Esther es la que es, y ya no hay vuelta de hoja.

Categories: Relatos

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