Defensa de los Derechos Humanos en Colombia. Fuente de imagen: ELTIEMPO.COM.

Sinopsis:

Bogotá, Colombia. Año 2024. Un joven piloto de drones francotiradores trabaja en una subcontrata dependiente del Ejército, un trabajo que, muerte a muerte, causa un remordimiento que crece de manera incómoda en el piloto. Tras su coraza como “hombre de la guerra”, se oculta un muchacho de personalidad introvertida que vive su trabajo como una suerte de videojuego, con un palmarés que hay que defender. Pero una oferta que le plantea su jefe, le hace dudar entre una vida cómoda, sin cuestionamientos; o una incertidumbre que él mismo debe desvelar.

 

“El 0074 está a tiro, vigilante. A su orden disparo”. Así de escuetos eran los mensajes que recibía del piloto del dron. El vigilante no podía tardar, vaciló, pero dio la orden. Era una de esas órdenes que dolían pese a suponer un tanto, un gol. En menos de una hora había barrido las redes de la víctima: alto, negro, delgado, cubano, activista, proselitista, dinámico, puente entre los políticos y su comunidad, nexos sin probar con la disidencia de la guerrilla. “Un benefactor”, pensó con sorna el vigilante; la orden que pesaba sobre 0074 era una ejecución extrajudicial. El piloto no tenía tanta información, se limitaba a lo que pudiera grabar la cámara del dron. Era un muchacho metódico, antes de hacer uno de sus trabajos, se ponía sus guantes de caza, y abría un dispositivo plegable que le servía de soporte para el simulador que operaba sobre sus hombros, de este modo ganaba precisión. Enfocó al blanco tras abrir la mirilla, y tras unos minutos de inquietud, rigidez y espera, lo notó reposado. Cuando el objetivo estaba sosegado, con una cerveza en la mesa de la tienda de la esquina, decidió disparar. El reflejo en la mirilla tras el disparo era cada vez más vomitivo; en la empresa preferían cerciorarse de las bajas, no dejar heridos, lo que provocaba ser siempre testimonio de alguna escena de dudoso gusto, como ver órganos explosionando como granadas maduras al caer al suelo.

El piloto tardó menos de un minuto en desmontar sus aparatos, guardarlos en una mochila, y saltar la primera de las verjas que se encontraría en la azotea de esos edificios desde dónde huyó en cuanto hubo oportunidad. El vehículo de apoyo estaba a menos de un kilómetro, lejos para un sprint, pero acercarse más suponía poner suspicaces a los paramilitares que operaban en el barrio, y al Ejército no le convenía esa maniobra que chocaría con las ansias territoriales de los paracos. Dadas las circunstancias, lo mejor era que fuera el piloto por ahí, de edificio en edificio, sin que lo vieran, como un rápido babuino, saltando tejados. Los acompañantes de 0074 se apartaron del muerto en el mismo instante del disparo. El vigilante sabía que traficaban, y no eran peces pequeños, eran los más distinguidos del microtráfico de todo tipo de estupefacientes en la zona; se escondían para evitar una balacera para la que no estaban armados en su momento, se estarían preguntando quién les disparaba y por qué. Nunca lo supieron.

El piloto llegó al Jeep de apoyo, en frente de sí encontró ese rostro sátiro, ajado y de ojos brillantes del vigilante: “Entonces, aquí tenemos al mejor expediente de disparos desde dron”, decía el vigilante con media sonrisa, pensando en bromas para esa cara de niño mimado. El coche arrancó brusco, como si estuviera preparado para los bosques adonde se adentrarían para llegar a la base militar. “Según lo que contiene esta carpeta, usted tiene una trayectoria académica sobresaliente durante toda su secundaria, unos triunfos deportivos que dejarían en rubor a alguno de los mejores atletas actuales… Sin embargo, antes de entrar como piloto de drones, usted se tiró cuatro años de su existencia muriendo lentamente en un McDonald’s, del que fue encargado sin mucha oposición”. El piloto cada vez se mostraba más incómodo con esa intromisión en su vida. “Usted, querido amigo, era una persona sin los medios necesarios para desarrollar su mejor talento, no lo había conseguido, y ese talento era pilotar drones. Ha sido un autodidacta y ha descubierto un talento sin parangón. No quiero adularle, pero lo admiro y quiero que firme mi primer dron, un clásico”. El piloto se mostró desconfiado. “Señor piloto, como verá, le doy mucho peso al valor que tiene el equipo, como conjunto, como una unidad, esa es la clave del éxito. Es por ese motivo que necesito pilotos de tal excelencia y precisión, como usted, que nos hagan ganar la guerra peldaño a peldaño, que mejoren siempre en nuestro equipo”. El piloto miró al vigilante, no, no era un vigilante, no era como lo esperaba. Más bien tenía pinta de uno de esos oficiales canosos de leyenda, que se encendían sus cigarros de tabaco negro con una cerilla de cajetilla. Cuanto más lo miraba, menos podía evitar pensar en que era uno de esos malditos militares que habían mirado hacia otro lado cuando el pueblo del piloto cayó en el exilio porque esa zona había sido vendida a los paramilitares, y estos necesitaban inundarla por orden de una minera.

“Usted podrá formarse en las mejores escuelas de vuelo de drones, tanto militares, como comerciales”, El agobio del piloto era notorio. Pensó en salir de ahí, de parar en un bar a pedir una copa de ese whisky: Old Parr, ese era el que le gustaba Pese a la repulsa que le causaba la actitud del vigilante, algo llevaba al piloto a saber qué le quería decir el vigilante a continuación. Había borrado casi todo su rastro en internet, por cuestiones laborales, para limpiar su imagen. Sin embargo, si alguien realmente estuviera interesado en conocer cómo era el piloto, podría escudriñar los archivos de la carpeta de Descargasdel móvil del piloto, y encontrar cosas como un vídeo de él enrollándose con una botella de Old Parr, y al fondo, las carcajadas de sus amigos. El vigilante le sonreía con una risa sostenida mientras sonaban las risotadas de los amigos del vigilante en el vídeo, y le ponía la pantalla con la escena, en la cara, mientras sonreía con cada vez más cinismo.

El piloto procuró pensar con mucha cautela: se habían colado la memoria física de su móvil. No se había dado cuenta. No suponía que fueran capaces, pero tenían ese poder, eso era lo que podía ver… y, ¿de qué les servía? “Imagine su futuro. Un alto tren de vida, sacando a su familia del barrio donde viven. Sé que son desplazados de la violencia, y eso me apena mucho. Pero, imagínese a usted, descansando en el salón de su lujoso apartamento, con los pies sobre la mesa de centro y degustando una deliciosa copa de ese whisky que tanto le gusta. Ese sería su futuro si eligiera un camino con nuestra compañía, claro”. El vigilante notó que el muchacho aguantaba en una tensión constante mientras él no paraba de torearlo a propósito, vacilarlo con sus deseos, con sus vergüenzas, con su memoria, regodeándose de sus alcances. El piloto se sentía desnudo ante ese oficial canoso y envejecido, no podía aguantar más.

“El maldito Ejército… no”, pensaba que su vida podía mejorar mucho, a una velocidad de vértigo, pero se resistía a esa intromisión, a esa extorsión con un viejo vídeo en el que, borracho, le metía la lengua a una botella vacía de whisky. Se sentía humillado, y desde hacía tiempo quería dejar de cargar con las responsabilidades de dar muerte a tipos como el 0074. Tipos que no lo merecían en absoluto, los hijos muertos de una patria filicida, acostumbrada a ver a sus hijos morir; o en el peor de los casos, de darles muerte.

El piloto le tomó el pulso a la mirada alcoholizada del vigilante, cuando creyó tenerlo en su mira, le soltó los motivos por los que quería dejar esa empresa desde ese mismo instante. El vigilante lo escuchó con paciencia, crujió sus cervicales mientras el muchacho alegaba que no iba a contribuir con ningún muerto más, y cuando terminó, el viejo le pidió que se despojara de todo el equipamiento de la empresa y que bajara del coche. “Señor, estoy en la otra punta de la ciudad, ¿cómo pretende que me baje?”, rogó el muchacho. “Bueno, una buena caminata siempre ayuda. Con suerte llega hoy”. El coche se detuvo, el vigilante abrió la puerta del compartimento trasero del Jeep: “Vaya, y se lo piensa por el camino”.Ya era de noche. Cuando el Jeeptomó distancia, el piloto sacó de su bolsillo la única pertenencia de la empresa que no entregó, un teléfono móvil con un localizador GPS de alta precisión. Anduvo con la pantalla en las manos para encontrar el primer asentamiento humano de la zona, por San Cristóbal Norte. El piloto vivía en el Sur, pero a contra pronóstico, llegó esa misma noche a su casa, aunque fuera demasiado tarde para esa descarnada Bogotá que se envilece con el avance de la oscuridad.

Antes del incidente de 0074, la apatía del piloto por su trabajo era creciente. La que más lo animaba a que buscara otras profesiones era una especie de novia que tenía, pero el muchacho, dentro de las contradicciones de la nostalgia, resistía aferrado a su palmarés, diseñado por el Ministerio de Defensa con el fin de que manejar drones de ese tipo funcionara como un videojuego. Esa era la idea que tenía inmóvil al piloto ante su futuro, era lo que lo clavaba en el suelo impidiendo moverse, pero el dinero escaseaba y al menos tenía que cobrar ese último trabajo.

No podía dejar pasar un día más, por eso fue a parar al único batallón donde había compartido espacio con el vigilante hacía varios meses. Allí le dijo a un oficial que dejaba esa empresa. El oficial parecía tomarlo con indiferencia, mientras el muchacho desplegaba motivos. Lo escuchaba, pero no hacía un esfuerzo por conectar con ese atormentado piloto cansado de matar. Pasados pocos minutos, el vigilante entró en la sala y le dijo al oficial que ese asunto era de su competencia. Sacó al piloto de ese despacho, le recordó que trabajaba para una contratista del Ejército, y que ese numerito ante el oficial se lo iba a ahorrar para siempre porque el miércoles le ingresaría su dinero, y no volvería a saber de él: “Pero no tiene el número de mi cuenta, vigilante”, le dijo el muchacho con inocencia. “Eso es lo que usted cree”, le soltó el vigilante para desaparecer entrando en otro despacho. El piloto dio media vuelta recordando cómo lo adulaba hacía casi una semana ese “hijueputa”, y un afán de venganza empezó a carcomerlo.

En el autobús, de vuelta a su casa, el piloto recordaba que siempre se había hablado de manera encubierta de la existencia de desertores de aquella empresa. Sin embargo, nunca los había buscado, no sabía si eran sólo una leyenda, o un colectivo real. Parecía una existencia ficticia, ya que el Ministerio de Defensa se dedicaba a que sus retirados tuvieran las mejores condiciones económicas. Se preguntaba cómo era posible que existiera gente que rehusara recibir ese dinero, un tratamiento respetable, comodidades. La diferencia entre los buenos desertores y los malos desertores era que los últimos eran personas rebeldes, como el piloto, que no quería que su nombre se vinculara nunca más con el del Ejército, ya fuera por alguna acción pretérita. Pasadas dos noches, el joven rastreó la existencia de esta “tribu” en la red. En efecto, existían y preferían mantenerse ocultos, dada ya la dificultad para encontrarlos.

Se trataba de un foro de una treintena de personas muy activas, propicias para proponer debates para seguir al minuto, donde se proponía la manera de golpear a la corporación que los contrataba y revelar su relación con el Ejército, y no necesariamente se barajaban ofensivas violentas. Conforme pasaban los días, se hacía más urgente reunirse en persona. Uno, el de más rango dentro del grupo, propuso una reunión física, pero anónima. Compartió una ubicación GPS. La cita era en un bosque sin cobertura móvil, cerca de La Calera, donde se reunirían a las 21:00 de esa noche, que ahí se tomarían las decisiones importantes. El piloto se levantó, como una especie de tic, apartó su portátil, miró la hora y pensó en que, si realmente le interesaba ponerse en contacto con más desertores, tendría que empezar a moverse. Ordenó lo más urgente de su apartamento, se cambió de ropa, se vistió de negro, por completo, para burlar a las cámaras, y funcionaba, al menos a él, que llegó al destino en menos tiempo del esperado.

En Colombia, en cualquier fecha del año, luce cielo de la misma manera. La cita era a las 21:00 horas. Eso implicaba una noche cerrada en el bosque de terreno rugoso que le recordaba a esa nefasta noche caminando por el bosque por vejación de su empleador. El piloto llevaba tiempo alejándose del núcleo urbano, pero Bogotá parecía eterna, y el punto al que iba era tan remoto que ni el más pulgoso de los buses aparecía por allí. El piloto tuvo la precaución de no llevar ningún terminal de valor, salvo su móvil y su pistola, esa pistola que tenía para precauciones y que no se quitaba desde la tercera vez que sufrió un atraco.

El camino parecía más cercano, 1,8 km por delante. Se preguntaba por qué demonios no podían reunirse en un parque cualquiera, donde pudiera ir la gente. Por qué tenía que ir de negro. “La seguridad, la seguridad, y la seguridad”, se decía el piloto mientras el micrófono del teléfono lo grababa en vivo. Por lo que parecía, el punto de encuentro era el borde de un cañón bastante profundo. Era un canto de roca y tierra que sobresalía del bosque, era tierra que avanzaba sobre el vacío, y servía como reunión para un grupo de desertores que no querían reconocerse entre ellos.

Un total de 12 miembros confirmaron asistir a la reunión; ya habían llegado 11, faltaba uno. Los jóvenes hablaban entre sí sin quitarse las máscaras, teniendo en cuenta que sus voces delataban que eran jóvenes, y que el mayor era un hombre de 35 años al que trataban como a un señor. La atmósfera distendida se rompió cuando llegó el miembro más antiguo, el que había creado la red con los desertores, el único genuinamente anónimo. Todos tenían la totalidad de sus cuerpos tapados y vestidos de negro, pero la voz de ese hombre detentaba un nivel de autoridad que lograba que los demás obedecieran, como si él fuera el maestro de ceremonias. Descargó su mochila en el suelo, y preparó algo en el oscuro firme que hizo que varios pilotos dudaran. “Gracias por venir, compañeros, coloquémonos en semicírculo; de cara al cañón, por favor.”

Nadie había traído nada más aparte del móvil, pero él trajo una mochila. Al abrir la caja, se levantó con un fusil M16 que disparó tiroteando a los reunidos, empezando por la izquierda, donde estaba el piloto. El muchacho se lanzó en plancha al suelo, y mientras ese loco seguía disparando en la dirección opuesta, el piloto reptaba todo lo rápido que podía para esconderse en el oscuro bosque. Una vez creyó haber ejecutado a todos los miembros del grupo, el pirado del M16 ahora iba, muerto a muerto, rematándolos como si quisiera sacarles el alma. El piloto sacó su pistola, la cargaba con la templanza que lo caracterizaba. Se levantó, se escondió detrás de un árbol y en cuanto tuvo ocasión, le plantó tres tiros por la espalda al loco. El pirado del M16 y una desertora muerta cayeron al tiempo hacia la garganta del cañón. Una intensa conmoción alcanzó al piloto ante el rosario de muertos que se dibujaba en forma de semicírculo, como si fuera una especie de ritual, o algo más macabro en lo que él también podría haber caído. Rogaba que ojalá pudiera haber manera de saber quién era el asesino. Notó en la oscuridad un montículo, la mochila de donde el tipo había sacado el arma. Abrió un bolsillo interior, miró una enseña con la linterna de su móvil. Teniente Coronel Jaime Alfredo Bustos Márquez, en la foto identificativa figuraba el llamado “vigilante”.

La rabia consumía al piloto… era ese militar el que había maquinado la existencia de ese grupo de disidentes como manera de deshacerse de esos que “sabían demasiado” y ahora debían volver a la vida civil por la puerta atrás. Abrió su ordenador, crackeóla contraseña, y ahí vio los perfiles de esas 12 personas destinadas a morir. Vio su propio perfil: su foto, sus datos, sus preferencias y hasta su debilidad más personal. El piloto sujetaba el ordenador tembloroso, haciéndose mil preguntas. ¿Y a él?, ¿quién se preocuparía de ese militar, su destino y sus métodos? Seguramente habría alguien que ordenara y diera luz verde a sus operaciones, pero averiguar quién era encontrar una aguja en un pajar.

No era ningún militar ocioso con sus datos; era un experto en seguridad cibernética, del que tenía la certeza de que no encontraría nada. Luego pensó en que, si se llevara ese ordenador para escudriñarlo en su casa, su vida correría un verdadero peligro. En ese momento, el piloto llegó a pensar que, si habían mandado a un militar de un rango tan alto a una operación tan terrenalcomo esa, los mandos superiores tampoco tendrían mucho afecto por el “vigilante”. Pese a sus cábalas, el piloto sentía la necesidad de contar qué había ocurrido esa noche en ese bosque. Bajó corriendo por el bosque mientras pensaba en la prensa. Esa noche, desde el autobús que lo sacaba del macabro bosque, buscó a un periodista al que seguía por encargo. Contactó con él, se vieron sin importar la hora. El periodista grabó su testimonio, el piloto pidió anonimato. Mandaron notas, dosieres, pruebas. No se publicó nada. No es que no interesara, es que a los interesados sí les interesaba, y no para bien.

Dos días después, Nixon Javier Niño Morales, conocido por su empleador como “el piloto”, era velado en una sala ubicada a dos calles de la casa de su madre. Nadie supo qué había pasado, todos insistían en que el muchacho no se metía con nadie. Que habían pasado unos chicos en una moto y lo habían tiroteado en la puerta de esa casa materna. Nixon presintió su muerte cuando dio con el silencio mediático. Tras acabar ese día buscando su noticia, medio a medio, le escribió a su mejor amigo. Nixon estaba borracho y desesperado, pero aún atisbaba lucidez: le entregó las contraseñas de su ordenador “por si le pasaba algo”. No quería que nadie más sufriera otra represalia, por lo que formateó su disco duro para dejar, solamente, una carta a su madre; una carta en la que le contaba qué había pasado y por qué había muerto. La señora Josefina Morales es sólo uno de los testimonios de los desaparecidos de la Colombia del 2024. Gracias al apoyo de una ONG local que trabaja, sobre el terreno, por el respeto de los Derechos Humanos, hoy su testimonio cobra luz.

Categories: Literatura Política

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