Vamos, son dos cuadras. Faltan dos cuadras para mi casa.

Dos calles para cruzar. Oscuras, solitarias.

Agarro las llaves, las presiono en mi mano hasta sentir que me duelen los dedos. Empiezo a recordar todo lo que me enseñaron en las clases de defensa personal y, al mismo tiempo, deseo con todas mis fuerzas no necesitar de esos movimientos.

Agudizo el oído, miro de reojo. Cualquier sonido me tensiona, camino más rápido, ya estoy cerca, tengo taquicardia.

Llave en mano, llego a la puerta y abro con desesperación. Ya estoy dentro. Respiro: otro día que sobreviví.

Aunque pueda sonar exagerado, eso sentimos las mujeres cada vez que llegamos de noche a nuestras casas: que sobrevivimos.

La calle es un campo de batalla, y la noche nuestro mayor terror.

La organización Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuMaLá) realizó una encuesta en 11 provincias de Argentina a 1300 mujeres para revelar cómo les afecta caminar por la calle y viajar en transporte público todos los días. El resultado fue que 9 de cada 10 mujeres argentinas se sienten inseguras al caminar solas por la calle.

Un 93% reconocieron haber sufrido alguna forma de acoso sexual callejero a lo largo de sus vidas. Los tipos de acoso son diversos. El 45% dijeron que algún varón les había seguido; otro 36% afirmaron que les tocaron o les mostraron los genitales; y el 17% contaron que un varón se masturbó frente a ellas.

“Hubo una época en que cada día que salía hacia la Universidad a las 8 de la mañana, un hombre me decía cosas. Me las decía cuando yo ya estaba de espaldas, y eso me generaba mucho pavor. Más allá de la bronca, de la angustia y todas las cosas horribles que genera, el miedo es lo más grande”. (Nadia, 21 años).*

El temor a estar solas en la calle incrementa cuando no hay nadie alrededor, cuando llega la noche. Empieza cuando somos muy jóvenes, adolescentes, incluso niñas.

Se nos prohíbe sutilmente ir por los espacios públicos: no podemos cruzar plazas, salir a caminar solas, ni en bicicleta por ciclovías.

Las fiestas también son una lucha para nosotras. Si salimos a beber a bares también quedamos expuestas al acoso masculino, a los toques sin consentimiento, a los intentos de besarnos por parte de desconocidos, a tener el deber de ir con muchísimo cuidado por si acaso nos colocan algo en la bebida.

Finalmente, hemos de aplicar las infinitas técnicas para volver a nuestras casas sanas y salvas,  así como enviar mensajes a nuestras amigas para verificar que ellas también lleguen bien.

“Durante mucho tiempo, y como muchas mujeres, naturalicé el acoso, por eso no tengo tantos recuerdos específicos. Sí recuerdo que pasar por obras en construcción y no saber dónde huir era moneda corriente. Recuerdo dos episodios particulares: en el primero, yo estaba volviendo de la casa de unos amigos una noche y un hombre que estaba en un auto, prendió las luces, abrió la puerta y lo vi masturbándose.

El segundo episodio fue en un boliche: un hombre me perseguía y le dije que no, que no me molestara, y no tuvo mejor idea que darme un golpe en la cara. En retrospectiva, me doy cuenta que en ese momento yo pensé que había sido mi culpa. Y me recuerdo pensando: ¿cómo le voy a explicar a mi padre que un hombre me rompió la nariz en un boliche?” (Gabriela, 36 años).*

Las mujeres también nos vestimos con incomodidad, pues sabemos que seremos juzgadas según nuestro atuendo, y que usarán eso como excusa para acosarnos y justificarse.

Los estereotipos juegan en contra de nosotras, por supuesto.

Mujer víctima de acoso. Fuente de imagen: Pixabay.

Se nos echa sobre los hombros la responsabilidad del acoso de los demás, según la ropa que usemos o los lugares que frecuentemos. Pero también se nos enseña de pequeñas a relacionar el abuso con la aceptación y el amor, como cuando nos dicen que un niño nos molesta porque le gustamos. Esto es un factor más para la naturalización del acoso, lo  creemos una parte inevitable y necesaria para afirmarnos como seres deseables.

“Un día, la madre de una amiga me dijo: ‘cuando pases por una obra en construcción y no te griten nada, ahí sentite fea”, como si tuviésemos que escuchar con total tranquilidad que nos quieren violar  teniendo nosotras 13 años” (Sol, 19).*

Pero el mundo está cambiando y ya no hay vuelta atrás. Ese miedo que nos paralizaba, hoy nos hace enfrentarnos a quien quiere atropellarnos.

Existe una marea de niñas, jóvenes y mujeres adultas que ya no callamos cuando nos quitan nuestros derechos. Que exigimos ser respetadas y tratadas como sujetos, y ya no solo como objetos, en los mismos ámbitos que los hombres.

Siempre se esperó que fuésemos calladas y sumisas; se nos carga con la responsabilidad de cuidar nuestras actitudes para no ser acosadas en vez de hacer responsables a los abusadores. Se nos espera frágiles y delicadas, aceptando nuestro destino de objetos de consumo.

Pero decimos basta. Hoy tenemos los ojos bien abiertos y le ponemos un freno a los prejuicios, los abusos y las etiquetas.

Ahora es cuando nos abrimos paso a una nueva etapa en la historia de la humanidad, una historia que siempre nos invisibilizó y nos redujo a la categoría de mercancía.

Ahora es el momento de estar juntas y de pie. De mostrarle al mundo que la fuerza no tiene género. De decir “acá estamos y no vamos a dar ni un paso atrás”.

Ahora que estamos juntas.

Ahora que sí nos ven.

 

(*) Todas las citas son reales y están tomadas de testimonios de mujeres en un taller sobre acoso callejero dictado en la ciudad de Morteros, provincia de Córdoba (Argentina), el día 15 de mayo de 2018.

Categories: Feminismo Sociedad

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