Ya lo predijo Albert Einstein: “Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas.”

Imagen: tecnologías a la palma de la mano.

Plazas abarrotadas de niños, rodillas magulladas, un balón, un trozo de cuerda con el que saltar, una cuadrícula numerada dibujada en el suelo con tiza blanca, madres llamando a sus hijos desde los balcones para avisarles que ya era la hora de la cena y tenían que subir a casa.

Una sencilla caja de zapatos convertida en una bonita casa de muñecas. Cartas a los reyes magos en las que predominaban los juguetes, sencillos, pues nada mejor que la imaginación de un niño para crear el ambiente de juego perfecto. Niños con vida, con ilusión, con infancia. Niños que actuaban como tal y que eran sólo eso: niños.

¿Qué les pasa a los pequeños de ahora? Salen al parque a jugar y están pendientes de cualquier dispositivo electrónico que lleven en su mochila. Sobre todo de los móviles. ¿Móviles? ¿Cómo es posible que pequeños de 9 y 10 años tengan ya esa adicción a la tecnología?

Muchas madres consideran que les da libertad, que es más fácil tenerles localizados y, en caso de urgencia, es una necesidad. Hasta ahí, todos de acuerdo. Pero esa libertad que se les da acaba convirtiéndolos casi en esclavos: esclavos de la tecnología.

Se estima que uno de cada tres niños españoles de 10 años (29,7%) tiene móvil. Entre los de 13 años, el porcentaje se eleva hasta el 78,4%, y entre los adolescentes de 15 años llega a alcanzar a nueve de cada diez (90,9%).

Es triste que lo niños de hoy en día nunca lleguen a saber lo fácil que resultaba vivir transmitiendo los mensajes por el boca a boca y quedando con la gente en persona, o yendo de casa en casa a buscar a tus amigos para salir a jugar o a dar un paseo.

No teníamos tanto, y aún así nunca nos aburríamos, porque siempre había por casa alguna película en el añorado formato VHS. Y te la ponías una vez, y otra, y te la volvías a poner al día siguiente porque era una película que te gustaba, que merecía la pena ver, películas de las que ya no hacen, con argumento, con misterio, con aventuras.

Eran películas que conseguían que cualquier niño se sintiese un auténtico explorador capaz de todo y acabase con la sensación de haber aprendido algo (hoy en día, quieren hacer los dibujos tan educativos que algunas veces rozan lo absurdo…). Películas que nunca olvidarás por muy mayor que te hagas porque siempre te recordaran a algún momento familiar de tu querida infancia.

Pero los niños ya no son lo que eran. Están deseando que llegue el fin de semana y que acaben las clases para pasarse las horas muertas delante de la caja boba jugando a videojuegos o conectados a la red.

Es triste ver cómo chicos de apenas 10 años son incapaces de vivir sin conexión, sin aplicaciones, sin redes sociales. Y la culpa la tenemos los adultos por dar un ejemplo tan pésimo.

¿Qué me dicen de ese profesor que llega a clase, se sienta en la silla que tanto sacrificio le ha costado conseguir (o tan poco, según quien seas, que en este país ya se sabe…) y saca su móvil a la primera de cambio? ¿O de esa madre que se sienta en el banco de cualquier pueblo o ciudad y deja a los hijos a su libre albedrío para que jueguen y así tener un momento para poder chatear y ver las últimas novedades en las redes? ¿Qué le pasa a esta sociedad?

Las tecnologías han influido en nuestra capacidad de comunicarnos.

Lo que pasa que hemos llegado a un punto en el que las personas se preocupan más por hacerse una foto en cada uno de los momentos importantes de su vida para colgarla en las redes sociales que por disfrutar el mágico momento que transcurre alrededor de esa imagen. Eso es lo que de verdad importa.

Yo puedo decir orgullosa que pertenezco a la generación de niños de los 90, a esa generación que creció con sólo tres canales de televisión, ese grupo de niños a quienes cada tarde, a las cinco, esperaba su madre en la puerta del colegio con un zumo y un par de galletas para que no te fueses al parque con tus amigos “con el estómago vacío”. Pertenezco a esa bonita época en la que las comidas familiares eran realmente eso: familiares.

Ahora sólo somos meros humanos pegados a un móvil y escuchando únicamente el masticar de nuestras mandíbulas al comer. Ese es el sonido de fondo más común. Y eso nos atañe a todos. Incluso a mí. A veces me es imposible vivir desconectada, aunque lo intente. Trabajo, obligaciones… Pero abramos los ojos. Los días pasan, el tiempo vuela, y la vida se nos escapa de las manos sin que nos demos ni cuenta.

Aún estamos a tiempo de disfrutar de lo que realmente importa, de dejarnos de tanta fría conversación a través de una pantalla y hablar las cosas en persona, como mejor sienta. De volver a comunicarnos como seres racionales, de relajarnos y entretenernos una lluviosa tarde de invierno devorando un buen libro, de sumergirnos de lleno en sus letras y dejar volar nuestra imaginación. De sentir el sol en nuestra cara y de disfrutar de la naturaleza o de una baño en la playa sin preocuparnos por sacar la foto perfecta. De saborear un café, ese pequeño placer que hace nuestra rutina diaria más llevadera, dejando el móvil a un lado. De volver a sentir tocando a las personas, sintiendo a las personas, escuchándolas… De volver a vivir como seres humanos libres, no como esclavos de la tecnología.

Categories: Opinión Sociedad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.