Tras una cortina de supuesto interés europeísta, Erdogan, el presidente más autoritario que ha tenido Turquía en las últimas cuatro décadas, parece muy interesado en demoler los cimientos sobre los que se construyó un país moderno y abierto. Vuelta al tradicionalismo y a la autocracia.

Erdogan y Trump en un encuentro reciente. Fuente de imagen: Hürriyet Daily News.

Hablemos de libertades… o de ajustes de cuentas

Después de la controvertida victoria de Recep Tayyip Erdogan en las elecciones turcas del pasado 24 de junio, el país que antaño fuera el más respetado de todo Oriente Próximo y Medio por su influencia e importancia como pieza clave en el tablero geopolítico mundial se ha visto precipitado en un agujero negro de violencia, asesinatos a sueldo, desapariciones misteriosas y encarcelamientos masivos.

La noche misma de la elección, miles de turcos cruzaron las fronteras de Grecia y de Bulgaria, dando inicio así a un exilio forzado. Además de los afortunados que han conseguido salir, un ingente número de políticos, militares y empresarios están entre rejas por denunciar la corrupción del gobierno y el amañamiento de elecciones. Esta situación lleva dándose periódicamente desde que Erdogan tomó el poder como primer ministro, en 2006, y no beneficia en nada a la credibilidad del país.

Los turcos que viven fuera de su país, pero que mantienen contacto constante con familiares o amigos que quedaron allí, han asistido a una degeneración de los propósitos originales enunciados por el Padre de la Patria, Mustafá Kamal, conocido como Atatürk. Hagamos un poco de historia para ponernos en contexto.

Mustafa Kemal Atatürk. Fuente de imagen: https://www.biografiasyvidas.com.

Cuando Turquía soñó con ser libre

Cuando, en 1924, este abolió el califato, último resto religioso que permitía la presencia de un miembro de la antigua familia imperial en su territorio, propugnó una Turquía laica y libre de cualquier restricción basada en el Corán o en sus interpretaciones.

A las mujeres se las obligó (remarco el obligó porque a muchos les impacta enterarse) a ir por la calle sin velo, se les abrieron las universidades y se fijó el libre consentimiento de la mujer a un matrimonio que antes era impuesto. Se llegó hasta a prohibir rezar a Alá porque, según Kamal, discriminaba a los miembros de otras religiones, y se le cambió el nombre para designar a una deidad indeterminada, Tanri.

Además, para demostrar que los tiempos habían cambiado, Kamal ordenó que erigieran una estatua suya (algo prohibido por el Corán) en el parque del palacio de Dolmabahce, en Estambul, donde fijó su residencia.

La Comunidad Económica Europea se fundó en 1956. Ya entonces, Turquía, presidida por Celal Bayar, a quien ayudaba el primer ministro, Adnan Menderes, quiso iniciar de inmediato los trámites para adherirse a la misma. Parecía que por fin el enemigo histórico de la Europa católica y tradicionalista empezaba a andar por el buen camino.

Turquía, utilizada y condenada después al olvido

Pero el golpe de Estado de 1960 trastocó esos planes. El ejército depuso y encarceló a Bayar y Menderes (este último acabó ahorcado, mientras que Bayar sería perdonado en 1966 y moriría a los 103 años) y, durante los siguientes seis años, Turquía se vio condenada al ostracismo por parte de la creciente CEE.

El siguiente presidente, Cevdet Sunay, el único militar aperturista que ha conocido el país, inició de nuevo los trámites en 1967. Pero, cuando se empezaban de nuevo a respirar aires de cambio, un nuevo golpe de Estado dio al traste definitivamente con los intentos de Turquía por ser aceptada en la actual Unión Europea. Era 1980, y los turcos aún no se han recuperado por completo de sus efectos.

Erdogan, el autoritario que se tacha a sí mismo de incomprendido

Banderas de Turquía y de la UE. Fuente de imagen: Diario Armenia.

Ahora parece que Erdogan, quien lleva dieciséis años en el poder y no parece querer soltarlo, está dando cada vez más marcha atrás en el proyecto con el que tan entusiasmados estaban sus predecesores. Y no parece que le desagrade el resultado.

Como primer ministro, primero, y después como presidente, ha controlado con mano de hierro el país. En los primeros siete años de su mandato, no dejó de repetir el eslogan “Turquía es Europa” para dotar de mayor legitimidad a su gobierno. Este tiene actualmente bien poco de democracia y va camino de hundir sus raíces en la autocracia islamista más absoluta.

Esto quiere decir que Turquía es un país que va de golpe en golpe, con Erdogan concentrando en sí mismo todos los poderes y borrando a golpe de encarcelamiento o ajusticiamiento a todos aquellos que sean contrarios a sus designios.

Baste recordar que, en 2002, Erdogan llegó a decir que todos aquellos turcos que tuvieran doble nacionalidad deberían abandonar el país si no renunciaban a una de las dos y se hacían exclusivamente turcos. Como resultado, 30.000 de los 80.000 levantinos católicos, de origen italiano o francés, que poblaban Turquía en ese entonces, se exiliaron, y algunos aún no han podido regresar.

“Yo no he sido, son otros.”

Imagen con la bandera de Turquía. Fuente de imagen: https://www.lafm.com.co/.

Este no es el único método de Erdogan para hacer que todas las decisiones que se toman fuera de Turquía parezcan un ataque personal contra él. También ha negado ser de origen georgiano, algo que en 2009 demostró WikiLeaks, y ha cargado contra figuras como el Papa Benedicto XVI, Angela Merkel, Barack Obama o François Hollande.

Al verse colapsada por la llegada de cientos de miles de inmigrantes en 2014, la Unión Europea dio a Erdogan garantías de ingreso para Turquía. A cambio, sólo debía permitir que su territorio sirviese de estación de paso para los refugiados. Pues bien, la situación de estos ha llegado a ser peor incluso que en sus países de origen.

Erdogan también se ha hecho famoso en Turquía por orquestar el golpe de Estado de julio de 2016 para borrar del mapa toda oposición a sus reformas y encarcelar a todos aquellos que le reclamaban una mayor apertura y permisividad hacia los círculos europeístas.

Según la Corte Penal Internacional, 3559 intelectuales, militares y hombres de negocios están aún hoy en prisión por haber tomado parte en lo que Erdogan llamó en su momento una “campaña de desestabilización” contra su régimen. El mandatario provocó una estampida en Estambul y otras ciudades del país, escudándose después en que no pudo ser él quien causara el golpe, ya que se encontraba fuera de su centro de operaciones en ese momento.

El culpable de todo, según el presidente, fue Fethullah Gülen, un clérigo islámico moderado que reside desde 1999 en Pensilvania, y al que se le retiró la nacionalidad en marzo de 2017, entre continuas peticiones de extradición. Eso le sirvió a Erdogan para poner en marcha una purga con la que eliminó a casi el 40 por ciento de altos cargos del ejército y la opinión pública, acusándolos de confraternizar con Gülen.

Lo ilógico del caso es que Gülen fue juzgado al llegar Erdogan al poder en 2006 por unas declaraciones que había hecho en 2000 en contra del gobierno de entonces, y fue perdonado por sus estrechos vínculos con el AKP, el partido gobernante del que forma parte Erdogan. Un claro ejemplo de cómo el presidente se vuelve contra los que apoyó en el pasado en cuanto se apartan un milímetro de lo que él considera correcto.

Islamismo y sultanismo, o de cómo Erdogan se compara con Hitler.

Hemos hablado antes de autocracia, cuando también se debería hablar de teocracia. El islam, noventa y cinco años después de la laicización de Turquía por parte de Mustafá Kamal, se está imponiendo cada vez con más fuerza.

Fuera de los grandes centros como Estambul o Esmirna, las mujeres van veladas, los matrimonios concertados han vuelto a estar a la orden del día y las madrazas aparecen de la nada. Todo ello, mientras el presidente derrocha millones de euros en la construcción de un nuevo palacio que inauguró recitando el Corán.

Aunque Erdogan dice por activa y por pasiva que no quiere convertirse en el sultán de un nuevo imperio, lo cierto es que su deriva política, afianzada tras su victoria el 24 de junio, se orienta cada vez más hacia lo que los analistas políticos dan en llamar el sultanismo.

Esto se definiría como la erección de Erdogan como nuevo sultán de un país que cada vez está más influenciado por Arabia Saudita y el modelo nazi alemán. Un culto a la personalidad en toda regla, que no tendría nada que envidiarle al de Lenin, Stalin o la dinastía Kim. Camuflado, claro está, tras la premisa de presidente constitucional, porque el sultanato es una forma de gobierno que muchos definen como “anticuada y anacrónica.”

¿Hay esperanza para el país?

El presidente, con sus actos de los últimos dos años, ha dejado bien claro que la situación seguirá como hasta ahora, o incluso peor. El sueño europeo de generaciones de turcos, sólo podrá alcanzarse a través del exilio.  La media luna acabará por estar presente en solitario en un terreno donde antes coexistía con la cruz y la estrella. Y el lema de Atatürk “Paz en la patria, paz en el mundo”, seguirá siendo una utopía hasta que el “nuevo sultán” no reconozca que la pluralidad no es un virus y que no puede callar a las mentes pensantes a zapatazos.

Dejo a los lectores una pregunta como conclusión, y los animo a debatir sobre ella. ¿Hay alguna esperanza posible para el país?

Categories: Política

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