Dos señoras mayores sentadas en el banco de un pueblo. Fuente de imagen: flickr.com.

En España se suele decir que, “si no tienes pueblo, no tienes infancia”. Y es que, tras una época en la que el éxodo rural conllevó una despoblación significativa de algunos rincones del país, especialmente en los meses de invierno. “El pueblo” era, para muchos, un lugar donde poder disfrutar de ser niñ@s.

Acostumbraba a ser el pueblo de procedencia de uno de los progenitores, o de los dos. Un lugar que parecía anclado en el pasado, donde todo el mundo se conocía y donde l@s ancian@s del pueblo se sabían tu árbol genealógico mejor que tú. Especialmente las abuelitas, que parecían no tener nada más que hacer que observar (y criticar) lo que hacían los demás desde su silla de playa colocada, como cada tarde, en la puerta de casa.

Yo no tenía uno, sino dos “pueblos”, y lo entrecomillo porque son, en realidad, dos miniciudades. Y es que la definición de ciudad es un tanto ambigua en Europa.

La Conferencia Europea de la Estadística de Praga establece que una ciudad tiene que reunir dos requisitos: que la población supere los 5.000 habitantes y que menos del 25% de su gente trabaje en la agricultura.

Tanto Elche, una localidad de 227.659 habitantes (en 2016, según el Instituto Nacional de Estadística de España) de donde proviene la mayor parte de mi familia como Torrevieja (84.213 habitantes en 2016 según la misma fuente) son, pues, ciudades.

No obstante, si hablamos de progreso, ahí es cuando entramos en ambigüedad. Cuando he ido a ver a mi familia, siempre he tenido esa sensación de que el tiempo se ha parado y que, de un modo u otro, nada cambia. La gente aún se reconoce cuando va por la calle. Y es que no hace tanto que dejaron de ser pueblos.

Aunque la gente envejezca y pase a mejor vida, puedes seguir yendo a la farmacia o al mercado y que las calles te recuerden a tu infancia, o incluso que te paren y te pregunten si eres hij@ o niet@ de.

Cuando era más pequeña, solía pasar mis vacaciones con mi familia, materna o paterna. Por separado, ya que el divorcio de mis padres supuso una ruptura cordial entre ambas. Y bastante lograron, teniendo en cuenta que un divorcio en una localidad donde todo el mundo se conoce se asemeja bastante a una discusión en una telenovela.

El río Vinalopó a su paso por Elche. Fuente de imagen: tripadvisor.es.

Por un lado, mi familia materna, aparentemente más moderna, nos permitía a mi hermano y a mí hacer cualquier cosa mientras no discutiéramos.

Desde tratar de hacer limonada en el porche, hasta investigar por los sótanos de la fábrica de zapatos de mis abuelos a ver qué encontrábamos, o ayudar a cocinar a mi abuela.

También recuerdo la de veces que, por no tener coche, mi abuela tuvo que emplear remedios caseros cuando mi hermano o yo nos hacíamos daño, como aquella ocasión en que me pillé cuatro dedos con una máquina de coser por jugar con ella. Esto en una ciudad no pasa.

Cuando las discusiones con mi hermano empezaban, no obstante, mi abuelo, que acostumbraba a tener una paciencia de santo, amenazaba con emplear su particular “jarabe de zapatilla” o “zapatilla voladora”.

A medida que crecía y que sentía más curiosidad por viajar, mis abuelos, para mi sorpresa, resultaron ser más abiertos que mi madre. Y es que, mientras ella quería que me centrase en estudiar y sacar unas oposiciones y tener un trabajo fijo, muy de pueblo ella, mi abuelo me preguntaba que cuándo necesitaba que me llevase al aeropuerto. Eso sí, en el trayecto no faltaba la frase típica: “cuando yo era joven…” o “esto ha cambiado mucho”.

Mi familia paterna era algo más conservadora. Una familia bastante católica en la que mi abuela no había conducido nunca, que se tuvo que salir de la escuela a la edad de 10 años para trabajar de lo que fuera y que tuvo que partir hacia Alemania a finales de los años 50.

Era la típica familia en la que todos se ayudaban unos a otros, en la que no todos se gustaban pero no lo decían. En la que, si las paredes tuviesen manos, podrían escribir una novela.

Vivían en un 4º sin ascensor, y mi abuela era quien hacía prácticamente todo con tal de complacer a los demás. Mientras, mi abuelo, o al menos tal y como yo lo recuerdo, se pasaba el día mirando las cotizaciones de bolsa en el teletexto y las películas del western.

También me acuerdo de las numerosas peleas que tenía con mi tía y mi prima cuando íbamos de visita porque me obligaban a ir a la iglesia, algo a lo que, por principios, le tenía algo de tirria. Mi padre, que es apóstata, me animaba a ir con la mítica expresión: “ve, si no te vas a morir por ello”.

Morir no, pero el cabreo que cogía era monumental, y ya desde pequeña aprendí a mostrar mi opinión ante lo que yo consideraba “la falsedad personificada” durmiéndome en la iglesia a propósito.

Torrevieja. Fuente de imagen: costas-de-espana.info.

Tenían algo de dinero, pero no porque les hubiese tocado la lotería, sino porque habían invertido sus ahorros en terrenos, y estos se vendieron para que se edificaran pisos.

Eran los años 90, y casi todos los veranos íbamos de vacaciones a Torrevieja, una localidad en la costa de Alicante donde en invierno quedaban sólo “los de siempre” y en verano se triplicaba la población.

Cuando salíamos por las noches con mi abuela a cenar o a la feria, el recorrido solía ser casi siempre el mismo: visitas familiares, cena, hippies (una especie de mercadillo de playa), feria, helado y a casa.

La bella Lola. Fuente de imagen: objetivotorrevieja.wordpress.com.

Además, mi abuela, que tiene una memoria de elefante, nos contaba historias típicas sobre cómo la vida allí cuando ella era pequeña, o la de la estatua de La bella Lola. Se trata de la estatua de una mujer que representa a todas aquellas mujeres que perdieron a sus maridos, la mayoría pescadores, en el mar.

Mi abuelo, por el contrario, prefería quedarse en casa, “a la fresca”, viendo el fútbol desde el balcón.

Por el día, cuando el calor nos lo permitía, íbamos al parque, a la piscina, a la playa, al cementerio a dejar flores a alguien (aunque nos solían llevar en coche), o de compras. Eso sí, después de hacer los “deberes de verano”.

Para quienes no lo sepáis, los deberes de verano eran esa cantidad ingente de cuadernillos de ejercicios y libros de lectura que nos mandaban en el colegio “para que no se nos olvidaran las cosas”. Al parecer, los profesores temían que fuéramos a sufrir de amnesia tras tres meses de vacaciones escolares.

A medida que me hacía mayor, empezaba a comprender por qué en todas las familias hay secretos ocultos, por llamarlos de alguna manera. Y es que hay veces que, cuanto menos sepan los demás, mejor.

Esto se confirmaba cuando se le contaba algo a mi padre o a mi abuela (algo tan simple como “tengo pareja”) y se les decía explícitamente: pero no se lo cuentes a nadie. Antes de que acabaras esa frase, ya lo sabía la familia entera. Y, por supuesto está, luego venía la pregunta del millón: “¿para cuándo la boda?”.

En el caso de mi abuela, que era muy consciente de que siempre me he sentido atraída por “los guiris” (en castellano de calle se conoce por guiri toda persona procedente de algún lugar a partir de los Pirineos franceses), además de esa pregunta, su frase mítica era: dile a tu novio que aprenda español.

Ahora que vivo en una macrociudad de más de ocho millones de habitantes como Londres, donde nadie se conoce y donde a nadie le importa un comino lo que hagan los demás, una parte de mí añora estar en un pueblo. No para vivir, no me malinterpretéis, pero hecho en falta las pequeñas cosas.

Considero que son este tipo de vivencias, al más estilo “las desdichadas locuras familiares” o la serie televisiva “Aquí no hay quien viva”, las que nos hacen crecer como personas. Y no, ni habrá boda ni volveré a pisar una iglesia por obligación.

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