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Fotografía tomada de https://deskgram.org/dibujosfeministas

Cuántas veces me preguntaron cuándo tendría hijos no lo sé, perdí la cuenta; pero a medida que me acercaba a mis 30 la pregunta era más frecuente.

“Apúrate, si no vas a parecer la abuela más que la madre” es sólo uno de los amables “consejos” que tuve que escuchar. Éste, como tantos otros, se sustenta en prejuicios y mandatos sociales que tienen como eje a las mujeres.

Por otra parte, también escuché de boca de mujeres con hijos que deben hacer frente a consejos (que tampoco pidieron) acerca de cómo criarlos y educarlos.

Esto me hace pensar que siempre hay alguien que tiene “la verdad” acerca de la maternidad y quiere transmitirla al resto. Cuándo es el mejor momento para tener hijos, cómo debes criarlos y, en algunos casos, hasta cuántos debes tener son sólo algunos ejemplos.

Es difícil aceptar a una persona que no cumple con las expectativas sociales en cualquier ámbito, pero lo es más aún cuando se trata de una mujer y del mandato de maternidad. A mucha gente le resulta difícil desasociar el binomio mujer-madre, y se castiga a quienes no cumplen con este deber.

Instinto maternal y sexismo científico

Este binomio está sostenido por representaciones sociales alimentadas por creencias religiosas y argumentos biologicistas. Hoy en día, el supuesto del instinto maternal sirve para imponer el deber de ser madres, y es un modo de ejercer control social sobre las mujeres.

En otras épocas, quizás no tan lejanas, el argumento biologicista sostenía la desigualdad entre hombres y mujeres a partir de causas naturales, ya que se creía los hombres eran superiores a las mujeres intelectualmente.

Uno de los máximos exponentes de este sexismo científico fue el filósofo Herbert Spencer, quien, además, sostenía que el intelecto femenino no debía estimularse porque se deteriorarían las funciones maternales.

Stefania Molina, Licenciada en Psicología por la Universidad de la República de Uruguay y Diplomada en Género y Políticas de Igualdad, explica en su publicación que el mito del instinto maternal interviene significativamente en el control social de las mujeres, produciendo subjetividad.

Agrega que, mientras este mito se mantiene vivo, permanece intacta la subordinación de las mujeres, negándoles así una identidad por fuera de la función materna. Este mito dictamina que toda mujer debe, necesita y desea ser madre.

Buena madre y heterosexual

Vale aclarar que, además de exigirle a una mujer que cumpla con el mandato de ser madre, ésta debe ser una madre que cumpla con las expectativas sociales de ser una buena madre. ¿Alguien sabe en qué consiste esto? Ninguna, nunca, es lo suficientemente buena madre. Y es que todos hemos oído cosas como: ¿pero cómo dejó que el hijo se golpee? ¿Pero cómo no lo abrigó con el frío que hace? ¿Pero cómo lo sacó con el sol que hay?

La maternidad tiene que cumplir también con el mandato heterosexual, porque una pareja de mujeres lesbianas que quieren ser madres se sale de la regla.

Stefania Molina, en el artículo citado, llama a estas maternidades “subversivas”, e incluye en este grupo las maternidades en soltería por elección; en otras palabras, nos referimos a las maternidades que se apartan de las relaciones de dependencia con los varones.

¿Por qué molesta la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo?

A lo largo de los años, todas las conquistas en cuanto a derechos de las mujeres han sido revolucionarias, y con muchos oponentes, ya sea el derecho a votar, a elegir su vestimenta, o a usar anticonceptivos, entre otras.

Yo creo que esta ley molesta puntualmente porque rompe un poco más las bases del monolítico binomio mujer-madre, ya que problematiza la maternidad como obligación y mandato social al mismo tiempo que sostiene el derecho de la mujer a elegir, ya sea a no ser madre o una maternidad deseada (y el deseo no es compatible con el mítico instinto).

Con el debate en torno a la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, un pensamiento opositor dejó ver la idea de que las mujeres que no quieren ser madres merecen morir; parir o morir son las opciones que tienen las mujeres. Ni su deseo ni su vida valen, sólo importa que procreen.

Convivimos con mandatos naturalizados que son difíciles de desarraigar, ya que son respaldados por diferentes instituciones, como la ciencia y la iglesia. Estos quedan, además, reflejados acríticamente en pequeños actos cotidianos, como cuando regalamos un bebé de juguete a una niña.

Los argumentos en contra de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo caen cuando sirven para conceder la maternidad. Los mismos actos son considerados maléficos o humanitarios, según se utilicen para rehusarse a un embarazo o para buscarlo, respectivamente.

“Matar” embriones está prohibido para las mujeres que no quieren llevar adelante un embarazo, pero está permitido para quienes desean ser madres. Por ejemplo, está permitido congelar embriones en el contexto de las Técnicas de Reproducción Humana Asistida.

A partir de esto me pregunto: ¿Los opositores a la legalización del aborto están también a favor de la vida de bebés congelados?

Categories: Opinión

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