El texto a continuación es un relato en primera persona de une docente de Córdoba, Argentina, a quien resguardaré con el anonimato, sobre su primera experiencia de redada policial en la escuela en la que enseña. Por decisión de le autore, los nombres de personas y establecimientos son ficticios, para resguardar a les involucrades.

Niños con los pies descalzos. Fuente de imagen: Pixabay.

A continuación, el relato:

¿Quién dijo que los Aztecas eran tipos tranqui? ¿Acaso ese absurdo relato de la historia no crea sentidos? ¿No nos obliga a formar una imagen débil de aquel que ya no tiene lengua ni ningún otro resabio vivo de su cultura para definirse, defenderse, oponerse?. De eso andábamos hablando la otra noche en la escuela después de leer “La noche boca arriba”, de Julio Cortázar. Cuento corto que les recomiendo, ¡ya que estamos!

Reflexionábamos acerca de cómo los discursos del otro, del que tiene el privilegio de contar la historia, nos marcan el ritmo de nuestras existencias. De qué invisible y violenta se vuelve esa práctica.

En esos caminos andábamos cuando entró, de golpe, intempestivo:

– “Por recomendación policial y con permiso del ministerio, en el día de la fecha damos por concluidas las actividades escolares de inmediato”. Luego, habiendo abandonado el papel de quien detenta la autoridad y refugiándose en el de madre que guía sus pollitos mezclado con algunos rastros de la Lulú Coquette que alguna vez fue, el director recomendó a les pibes no irse solos; estaban frenando en cada esquina, requisando casas, cargando gente…

En silencio, por acción mecánica de quien sabe obedecer, guardamos los útiles al unísono. Antes de atravesar la puerta, cada alumne me dio un abrazo, como al finalizar cada clase. Estudiar de noche, leer de noche, reflexionar de noche, juntes, crea lazos fuertes como lianas de yunga. Todos los jueves nos damos cita para encontrarnos con el amor de les amigues, muy lejos queda en estas aulas la asimetría profe/alumne. Yo les acerco las letras y elles, cada semana, me comparten sus vidas. Soy una estudiante de sus vivencias y supervivencias, les admiro, más que a cualquier actor de la política, les admiro hasta el último pelo.

En ese horario la escuela está habitada por seis trabajadores. Somos tres profes, el director, la portera que también oficia de secretaria, preceptora y cebadora de los mejores mates del planeta, y un policía. Nos hicieron firmar un acta donde constaba nuestra conformidad con el retiro anticipado. Había tres uniformados esperándonos hasta que termináramos de firmar. Su silencio, su mirada fija en el libro de actas hizo imposible cualquier réplica, cualquier pregunta.

La escuela es el corazón de la villa, es su flor más bella. También, es el único atisbo de institucionalidad que existe en ella. Desde nuestras ventanas hemos visto cómo se solidifican los pisos de sus pasillos, hemos visto el progreso de la madre que sustituye la cortina por la puerta de chapa para afrontar el invierno, hemos visto al niñe que robó una cartera muerto de un tiro en la espalda, regando con su sangre infantil esos senderos taciturnos a donde no llega ningún gobierno.

Atravesamos el pasillo y llegamos a la puerta, con la sensación de que nunca debimos irnos de allí. A partir de ese momento, toda la narración que prosigue es un desafío y lo es, justamente, por la dificultad que representa poner en palabras las sensaciones encontradas que afloran desde las tripas cuando se es testigo de una razia al mejor estilo comisario Margaride, o tía Margarita, como lo renombraban los putos de época.

Las puertas de la escuela habían sido ocupadas por las mujeres del barrio. El grito sordo de quien se indigna, de quien se organiza con lo que tiene a mano para defender murallas hechas de nylon, de sábanas, de chapa, es ensordecedor. El pedido de explicaciones colectivo a quien vino dispuesto a no explicar…La imagen se asemeja a un collage de fotografías históricas: el reclamo de una madre por el hijo desaparecido sobre el pecho del ángel de la muerte, del espía, del ajeno, del traidor… el aglutinamiento del 25 sin Cabildo…La multitud de negras achuradoras en las zanjas de la civilización, en un matadero que, para sorpresa de Echeverría, resurge aquí, donde transitan los zombis, los don naides.

Las mujeres defendiendo el edificio, única garantía de institucionalidad en el barrio: la pata inconsciente que los feminismos de cartel aún no incluyen, la feminista sin consciencia que ni pinta carteles ni levanta pañuelos, que hace guisos, que huele a aborto desde la cuna, que no tiene dientes ni cintura… Esas que no vieron un estereotipo ni de cerca, esas son las soldadas del barrio, esas ponen el pecho frente a gigantescos hombres vestidos de seguridad, impolutos, firmes, fríos, monstruosos.

En la plaza de enfrente circulan unos 40 o 50 de estos tipos, todos vestidos de colores oscuros. Los circundan los pibitos del barrio, menores de 9 años, que miran con fascinación sus armas largas. Pero estos hombres no tienen simpatía frente a la niñez de por aquí, no se detienen a enseñar el peligro del arma ni a relatar hazañas inventadas de grandes combates, como harían con las infancias de barrios más residenciales a los que nunca tendrán que cercar de esta manera. Estos verdugos del terror miran con asco a los descalzos, parecieran torres altísimas erguidas sobre el desprecio. Los descalzos se acordarán: la memoria no es un privilegio de clase.

Pasan las motos sin papeles, las Zanellas chuzas cargadas con hasta 4 pibes. Circulan a toda velocidad. Pero van y vuelven, como si buscaran salir de la zona y no pudiesen. Van con la máscara de quien quiere huir, como el moteca de Cortázar, pero sabe que no podrá.

Las calles de la villa son más cortitas, no llegan a los 100 metros. No tienen asfalto, ni adoquines. Tienen tierra y pedazos de ladrillo roto que le dan tonalidad e irregularidad. Las calles de la villa son pasillos porque no respetan la anchura municipal para que circulen vehículos. No tienen vereda. No salen en el Google Maps.

Las calles de la villa no tienen nombre, como si existiera en este cotidiano algo más simbólico que lo que NO se nombra.

En cada esquina de pasillo o comienzo de diagonal hay una moto empotrada, una moto policial. Hay patrulleros en las esquinas, sobre la plaza, subidos a los únicos cordones cuneta del barrio: los de la escuela.

El señor inflado que nos observaba firmar el libro de acta no es igual a los otros, pareciera ser más importante, el resto le obedece. Igual nunca se va a identificar y apenas le escucharemos unas palabritas. Este nos comunica que varios oficiales nos acompañarán hasta la avenida más cercana para que podamos retirarnos “seguros”.

La luz de la escuela se apaga. La puerta se cierra. A partir de ahora, todo lo que suceda en la villa, allí quedará. Avanzamos en silencio, escoltados los maestros por primera vez en nuestras vidas. Caminamos tres cuadras y media, en silencio, sin girar, contemplando. Hay un camión enorme de drogas peligrosas. Cuando llegamos a la esquina entendemos la máscara de desesperación del adolescente genérico que conduce la Zanella chuza, el barrio está cercado, no hay por dónde salir. La policía oficia de paredón humano sobre las vías de escape.

El barrio está negro, como la jungla del moteca, como el cielo que hoy parece no tener luceros. Las únicas estrellas son azules y las conduce la policía. Se mueven por todos lados, rápido, lento, se detienen, avanzan. En la oscuridad se escucha el sollozo, el paso de la bota, la irrupción violenta, el despojo, el ultraje. Es que le han puesto tantos cachos de ladrillo hueco a esos pasillos que el taco de la bota resuena, atemoriza.

No sé adónde van las motos que se querían saltear el cerco, no sé adónde quedan esos pibitos expectantes de la plaza que no olvidarán, no sé de las achuradoras de la puerta de la escuela… Sé que el miedo paraliza, que me siento como el moteca, viviendo dos tiempos históricos, soñando alguno, intentando dilucidar cuál fue pesadilla.

Estamos en épocas negras, densísimas. Quién sabe por qué, justo ese jueves, cambié la clase planificada y Julio vino a contarnos la historia de la dualidad de los tiempos en vez de ojear reglas ortográficas.

Esa noche, todos teníamos la certeza de que somos sacrificados varias veces por un poder que no vemos, pero nos violenta, nos vacía las heladeras, nos quita los derechos, nos desaparece garantías.

Aquí, el absurdo del clase media progre exige a un villero ser políticamente correcto, no robar, cerrar las piernas, hablar bonito, incluso cuando las infancias son testigos y protagonistas de la virulencia armada, cuando un tipo de botas lustradas les quema la cortina que oficia de puerta, les revuelve y les rompe los dos juguetes de mierda que tienen, les vuelca el guiso en la calle sin nombre, en la no vereda.

De esa noche, sueño de verano del votante del PRO, donde los negros fueron apaleados y humillados, Patricio, un alumno de 21 años que suele venir a clase con Mariana, su hijita de 9 meses, pasó la noche en un calabozo junto a más de 30 pibes que de los pelos subieron a las chatas de la yuta Schiarettista.

Patricio, antes de salir de clase esa noche, fue el único que se quejó. Estaba perplejo frente a la creencia azteca de que el corazón humano era la flor más bella, que los cuerpos y las vidas son solo un envase y que, llegado el momento, sacrificar ese envase para regalar una flor hermosa al dios del Sol, Huitzilopochtli, era un honor. No llegué a decirle que Huitzilopochtli también representaba la guerra y que los corazones sacrificados nunca eran del azteca que ganaba.

Que el honor de la muerte y el sacrificio, que la humillación y la violencia, siempre se imprime en los cuerpos que no deciden.

Categories: Opinión

2 Comments

Los descalzos se acordarán

    1. ¡Gracias por leer, Aye! A mí también me emociona y siento de todo en las tripas cada vez que lo leo. Quiero que todes lo lean, en todos lados.

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