Las vacaciones de Pascua acostumbran a verse como una ocasión muy versátil para disfrutar de un montón de posibilidades. Aunque, a menudo, no se acierta a la primera con el destino elegido. Como todos los años, estos días hay quien ha intentado ir a esquiar en pleno mes de abril, con la idea de rescatar los últimos copos de nieve. Y también hay quien, al contrario y en un intento de despojarse de las prendas gruesas, ha buscado un soleado destino que prometía un bronceado anticipado, y que ha acabado por ofrecer un baño a temperatura casi ártica. Para el año que viene, proponemos un plan adecuado para este periodo tan voluble: viajar al pequeño estado de Moldavia, uno de los países menos visitados de Europa y que, en Pascua, se llena de colorido y de celebraciones curiosas.

Hay vida más allá de las perlas del Danubio

Este pequeño país se encuentra al este de Europa, entre Rumanía y Ucrania. No tiene mar, pero por él discurre uno de los ríos mas largos del continente, el Dniéster. La República de Moldavia -este es su nombre oficial- suma unos 3,5 millones de habitantes, y se independizó de la antigua URSS en 1991. País golpeado por la crisis, ha experimentado un importante movimiento migratorio, pues se estima que entre el 15 y el 20 % de la población no se encuentra dentro de su territorio. En los últimos años, sin embargo, la inyección económica y la nuevas perspectivas que aporta la diáspora, junto con otros factores, han hecho que el país se estabilice y que se perfile como un destino turístico interesante, sobre todo para aquellos que quieren experimentar un viaje singular.

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Interior del Monasterio Curchi. Autor: M. Figuerola.

Muertos y velas

La Pascua en Moldavia se vive muy intensamente, no solo desde el punto religioso, sino también desde la óptica cultural y social. Las familias se reencuentran tras largos periodos sin verse. Además, se celebra el final del crudo invierno y la llegada de tiempos más apetecibles. El Estado, aunque oficialmente laico, es hogar de una mayoría que profesa la fe cristiana ortodoxa. La iglesia ortodoxa se rige por el calendario juliano, que tiene un desfase de 13 días respecto al calendario gregoriano. En consecuencia, la festividad de la Pascua en el mundo ortodoxo nunca cae antes que la Pascua católica, aunque éstas sí pueden llegar a coincidir.

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Mesa típica de Pascua. Autor: M. Gondiu.

Es cierto que la Pascua es una festividad muy familiar en Moldavia. Pero, gracias a la conocida hospitalidad de sus gentes, las personas que acuden al país durante estas fechas se sienten como en casa. No hay que perderse los mercadillos de Pascua, como el que se celebra junto a la catedral de Chisináu, la capital del país, y que bien seguro pueden satisfacer a los amantes de los clásicos mercados navideños. La tradicional misa nocturna del Sábado Santo es un deleite para aquellos que quieren descubrir sensaciones místicas. Los fieles inundan la iglesia con largas velas encendidas mientras se alternan momentos de silencio, de canto y de oración.

Una comida muy particular

Entre otras tradiciones, se pintan y se decoran huevos minuciosamente. Además, se preparan deliciosos manjares que se colocan arracimados sobre la mesa. Pero hay una celebración pascual que destaca por encima de todas las otras desde el punto de vista antropológico, y es la que consiste en comer junto a los muertos. En este acto, las familias acuden al cementerio para visitar a sus seres queridos. Se instalan para comer y beber junto a las tumbas. Sirven bebida también a los que ya no están, y colocan panes con velas encima de las sepulturas. Es una jornada espiritual y alegre al mismo tiempo, en la que se habla y se brinda, se recuerda a los fallecidos y se celebran la vida y la muerte.

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Mujer frente a tumba con comida. Autor: Prime.

Otros atractivos de Moldavia

Más allá del culto religioso, el visitante puede beneficiarse de los progresos de Moldavia en el sector turístico. Chisináu, presenta multitud de colosales edificios de la era soviética, además de parques frondosos con árboles inmensos, como el parque Valea Morilor, restaurado en los últimos años y perfecto para pasear. Moldavia también potencia el turismo rural. Recientemente, han empezado a surgir establecimientos rústicos que ofrecen a sus huéspedes comidas caseras en un ambiente hogareño. La campiña del país, especialmente cromática en las fechas cercanas a los equinoccios, presenta pequeñas ermitas y monasterios, como el de Curchi, en el centro del país, que recibió hace unos años la visita y un generoso donativo del actor Steven Seagal. Al norte, encontramos el castillo de Soroca, del siglo XIV. Este castillo, ahora reformado, lo fundó el príncipe Ștefan cel Mare, considerado popularmente como un héroe nacional.

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Parque Valea Morilor. Fuente: Chisinau.

Por último, cabe destacar la importancia de Moldavia en la producción de vino. En relación con la superficie del país, la densidad de sus viñedos es la más alta del mundo. Los aficionados a los buenos caldos tienen la oportunidad de visitar multitud de bodegas y disfrutar de rutas y catas. Por ejemplo, se puede descubrir la famosa bodega Cricova, ubicada en la ciudad del mismo nombre y que esconde más de 120 km de túneles subterráneos, o la bonita finca de Purcari, en los confines de Moldavia, cerca de la frontera con Ucrania. Ambas producen vinos premiados en las más selectas ferias del sector a nivel internacional.

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Viajes: Pascua ortodoxa en Moldavia

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