El fraude electoral podría empañar el escenario político en México en los próximos meses

El Presidente de México, Peña Nieto. Fuente de imagen: Google imágenes.

Desde tiempos inmemoriales, México enfrenta una de las crisis más graves a las que se puede enfrentar un país. No, no es la económica. Se trata de una crisis institucional que alcanza unas dimensiones capaces de hacernos olvidar que hay desempleo, o que los impuestos sobre la canasta básica están siendo elevados cada cierto tiempo, o que la seguridad en el país sea nula. Esta crisis se manifiesta de manera más cruda en las elecciones de un nuevo Presidente, como las que tendrán lugar este año.

A partir de 2006, la Política se ha visto comprometida por la guerra entre partidos y personajes que simplemente lanzan una granada informativa al pueblo y terminan convenciendo a algunos de que ellos son la promesa del país. Con el periodo de Felipe Calderón y su lucha contra el crimen organizado, llegaron las críticas, principalmente porque paradójicamente la inseguridad en el país iba en aumento. Vivimos la recesión económica mundial, pero se pagó la deuda millonaria que se tenía con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; se revelaron casos de corrupción, asesinatos, tráfico de drogas y gobernadores robando el dinero del erario. Luego de seis años en los que la economía se encontraba en un punto óptimo, llegó el temido 2012, con nuevos personajes de la política mexicana que salieron en esta nueva ocasión a ofrecer sus mejores ideas para llevar al país a la cúspide económica mundial.

Tras una competencia sumamente controvertida, se reveló en las narices de los mexicanos el fraude más grande que puede vivir cualquier país: un robo electoral. De un lado se presentaban tres candidatos potenciales a dirigir el país, tres partidos políticos importantes y en el otro lado, la ciudadanía que (en teoría) tenía el poder de elegir democráticamente a su gobernante. El resultado de estas elecciones, a contra pronóstico, fue la victoria de un único e indiscutible ganador: Enrique Peña Nieto, aunque democráticamente él no era el ganador. ¿Qué pasó?

Se sucedieron las investigaciones, las acusaciones por parte de los otros candidatos, también sumergidos en sendos escándalos, pero nada evitó que el nuevo Presidente se proclamara como el mandatario de México. A Peña Nieto le siguió la ilegitimidad, el escarnio público y la nula democratización de las instituciones, lo que desencadenó en una generalizada burla social. Con ello se demostraba que la influencia perniciosa del partido reinante por más de 70 años, el PRI, influía mucho en las “decisiones” que tomaba la ciudadanía para la elección de su nueva cabeza visible. De poco valieron los hallazgos posteriores, y es que salieron a la luz fraudes electorales, pagados con miles de millones de pesos, que se distribuían entre militantes de partido y gente a la que se le pagó por un voto por el actual presidente. Peña Nieto fue nombrado Presidente contra viento y marea, y no es que fuera el alumno más aventajado de su clase.

Podríamos decir que este es el fraude más grande que ha vivido la democracia mexicana, pero en realidad, es casi una tradición. Los mexicanos han vivido durante décadas un eterno fraude político envuelto en regalos de los políticos que hacen campaña, ellos esperando también su recompensa en forma de “cargo”. Se genera un sistema de compra automática de votos que se sigue perpetuando como práctica habitual por la mayoría de partidos. La frustración del mexicano de a pie es con las políticas que ejecutan gobiernos como el de Peña Nieto, políticas antisociales, tan antipáticas que dan la sensación de estar viviendo el peor gobierno en décadas. Estos últimos seis años han sido el peor sexenio desde que puedo recordar: reformas energéticas que no tienen un fin concreto, un incremento en salarios mínimos que, según nuestros dirigentes, ‘es mucho y con eso se puede vivir’; incrementos desmedidos a los hidrocarburos, el desempleo incrementó en gran medida, y un largo etcétera.

Como mexicana que soy, aunque nuestros gobernantes digan lo contrario, puedo ver a mucha gente a mi alrededor sin tener trabajo, puedo verme a mí misma sin tener trabajo también, y esto tiene como resultado, el incremento, en igual medida, de la inseguridad. Y yendo más allá de lo cotidiano, se suceden (también por sistema) los casos de corrupción, los asesinatos, la malversación de fondos públicos, la complicidad de primeras damas con sus respectivos gobernadores que dan órdenes de inyectar agua a niños con cáncer, donde la esposa del Presidente tiene una mansión de miles de millones de dólares. La indignación llega hasta el mismo gabinete de Peña Nieto, donde el presidente elige a su candidato para sucesor que, seguramente será el futuro Presidente, aunque nosotros no emitamos nuestro voto directo hacia él.

El 2018 será, una vez más, la pesadilla de México. Tenemos cinco precandidatos, pero ninguno convence a la gente, el tan mencionado dedazo fue puesto en José Antonio Meade, militante del PRI, ex secretario de Hacienda, y responsable de los incrementos desmedidos en IVA e hidrocarburos. Por otro lado está Ricardo Anaya, (ex presidente del PAN), por la coalición del PAN, PRD y Movimiento Ciudadano. Tampoco podía faltar el incombustible Andrés Manuel López Obrador, que milita en su propio partido MORENA (esta sería la tercera ocasión que se postula), y por último estarían Margarita Zavala, como candidata independiente, mejor conocida por ser la ex primera dama en el periodo 2006-2012, y María de Jesús Patricio Martínez, también candidata independiente, mejor conocida por practicar la medicina tradicional y por ser defensora de los Derechos Humanos.

La cuestión que queda en el aire es saber si la ciudadanía mexicana estará dispuesta en esta ocasión a librarse del yugo de la corrupción política. Y es que la solución: darle la espalda a los regalos, promesas y prebendas, está en las manos de los mexicanos, y teóricamente, de ese modo, se le podría dar la vuelta al tablero. Sin embargo, y por desgracia, la última palabra la tienen los corruptores, los que ofrecen todo para seguir dominando una nación tan grande y tan rica como la mexicana. Si ellos no abren el paso para una democracia real, lo más posible es que se siga eligiendo al menos malo de los malos, y que ni eso cambie nada, puesto que el PRI parte de la certeza, casi absoluta, de que seguirá gobernando a las buenas o a las malas.

Categories: Opinión Política

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