Las fotos con el paso del tiempo

Chica con cámara de fotos. Fuente de imagen: iStock.

Hace poco decidí organizar mis álbumes de fotos para colocarlos por tamaños (soy una maniática del orden, por desgracia para mi gusto), y no pude evitar abrir uno de ellos, concretamente el que contiene las fotos de mi añorada infancia, para echarle una ojeada. En ese momento me invadió una sensación tan dulce como amarga. ¿No os ha pasado nunca que miráis una foto de sobremesa de hace años y parece que todo el mundo está más feliz que ahora? Te ves a ti mismo de pequeño, a tus hermanos aún pequeños, a tus padres, a tus abuelos cuando aún vivían…
Te sobreviene la nostalgia. Os paráis a observar detenidamente cada rostro y no hay ni uno de ellos que no sonría, ni uno de ellos que no esté rebosante de alegría, ni una sola persona que no esté disfrutando al máximo del momento que gira alrededor de la imagen. Se pueden leer entre líneas las conversaciones ruidosas y animadas, las risas y las carcajadas, las regañinas de tu madre por jugar a la mesa con cualquier objeto que te resultase gracioso y original. Ningún dispositivo electrónico sobre la mesa. Los adultos hablando como adultos y los niños jugando como niños.

De repente alguien dice “hagamos un foto”. Nadie deja lo que está haciendo porque les resulta más interesante que adoptar una pose artificial para salir bien en ella. Simplemente miran a cámara y sonríen. Solo es eso, una foto, una imagen para dejar plasmado ese momento, para recordarlo, pero no hay mejor recuerdo que vivirlo intensamente mientras aún dura y es real. Dan ganas de dar un salto al pasado y revivir todo aquello una vez más, de volver a tener de nuevo esa sensación que teníamos entonces: la sensación de ser libres, lejos de una foto estereotipada en la que todo el mundo debe parecer más guapo de lo que en realidad es y aparentar una felicidad y vida perfecta que en realidad no tienen.

Foto de chica de fiesta sacando la lengua. Fuente de imagen: www.pensador.com.

¿No os pasa que cuando miráis una foto de sobremesa de hoy en día os invade otra sensación bien distinta? No hay color. En cada mano, un teléfono móvil, agarrado como el bien más preciado del mundo, viendo y comentando en internet sobre la vida de las personas que tienen delante, incapaces de hablar cara a cara. De repente alguien dice “hagamos una foto”. Todo da un giro de 360º, y entonces todos adoptan su mejor pose. Aparecen caras sonrientes de forma forzosa, antinatural y con posturas sacadas de revista con un único objetivo: salir guapo en la imagen para poder colgarla en cualquiera de las tantas de redes sociales que ya existen. Y cuando lo hacen, parecen tener la necesidad de que todo el mundo vea lo que hacen a cada momento, con quien están, cómo se sienten… A más me gustas consiga, más subirá su autoestima; a más comentarios, más claro tendrá cual es la opinión de los demás. Es como si necesitasen el visto bueno de la gente y actuasen solo como se espera que lo hagan por el miedo a ser juzgados y el qué dirán. Las redes sociales son una paradoja; cuanto más las usas, menos vida social tienes y menos te relacionas en sociedad. Esto es así. Si no, decidme, cuándo se reúne un grupo de personas alrededor de una mesa.

¿Cuál es el tema de conversación que nunca falta?:

“- ¿Has visto la foto que ha colgado Elena?

– No sé cómo ha podido hacerlo. Sale horrible.

– ¿Y qué me dices de su novio?

– Aún peor…”.

Son las conversaciones estrella en las quedadas sociales. Las críticas. Todo el mundo habla de todo el mundo, y lo peor es que todos se creen con el derecho de hacerlo. Y la culpa no es de ellos, si no de quien comparte y publica cada paso de su día a día y lo acompaña de fotos para que no falte detalle. Si expones tu vida ante los ojos de todos, ¿qué esperas que suceda? No puedes recriminárselo a nadie. A veces es tanta la maldad con la que se habla de una persona tras la seguridad de la pantalla de un ordenador que el individuo que está frente a ella puede llegar a creerse que es feo, gordo, que nadie le quiere… y cualquier otra cosa que se le diga. No se da cuenta que desde el momento en el que pone su vida en internet, desde ese momento en el que deja su vida privada a la vista de todos, ya importa muy poco lo que hagas o dejes de hacer: sea bueno o malo, siempre te criticarán. Y en ese momento es cuando uno se da cuenta de que teniendo casi 980 amigos en Facebook, se siente más solo que nunca porque no tiene ningún hombro físico en el que llorar. O sea, que llegados a este punto podemos decir que las redes sociales crean gente antisocial, ¿no? Qué cosas tiene la vida.

Foto montaje de la Gioconda con un iPhone. Fuente de imagen: bathroomideas.org

Vivimos en el siglo donde la ciencia ha avanzado tanto que la medicina ya es capaz de curarlo casi todo, donde la esperanza de vida ha aumentado de los 40 años de media a alrededor de los 80, donde el avance de la tecnología nos facilita la vida en el ámbito laboral, económico y personal. Atrás queda ese echar de menos a alguien durante semanas por esperar con ansia una carta en papel que se retrasa, el tener que ingeniárselas para conseguir un teléfono y escuchar la voz de quien está al otro lado. Todo eso ya es historia. Estamos tan conectados a nivel mundial y las posibilidades de comunicación son tantas y tan buenas que los más pequeños pero a su vez los más grandes detalles como recibir por correo postal una felicitación navideña de alguien cercano a modo personal ya no se valora; en el que un “te quiero” suena mejor si se escribe en el tablón de Facebook que en un post-it pegado en la nevera. Vivimos en un mundo de locos, en el que por querer estar tan conectados a través de las redes sociales desconectamos de la sociedad. Vivimos en un mundo con las características y ventajas idóneas para ser plenamente felices y, sin embargo, estamos más tristes que nunca.

One comment

Las fotos: A mayor avance, gente más triste

  1. La tarea quiza sea entonces, resignificar esta abundancia de virtualidad, desafiar a quienes tenemos al frente, llamarnos la atención, volver a aquello que nos unía en un diálogo.
    De todos modos, cuando las personas se quieren evadir de la realidad, aunque no tengan un telefono en la mano, lo hacen aunque sea mirando el techo.
    La deconstrucción es contaste, es construir para reconstruir todo el tiempo.
    Se construyó la red, la virtualidad, ahora a deconstruirla y reconstruir!!

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