Microimplantes

Chips en la piel

Hace unos días oía comentar una noticia sobre unos microimplantes que se están probando en humanos para hacernos la vida más fácil y rápida. Mi reacción automática fue plantearme hacia dónde nos está llevando la ciencia y la tecnología y si deberíamos poner ciertos límites.

Desde el inicio de los tiempos, los nuevos descubrimientos se han medido no por el avance que supusiera en sí, si no en qué medida podía poner solución a cualquier problema que la naturaleza nos planteara. Se crearon medicinas para paliar la mala salud, vacunas para combatir las enfermedades, máquinas para evitar el esfuerzo físico al hombre, y dispositivos que nos hicieran pensar menos y llegar a más gente, entre otros. Ahora se ha pasado de plantear que paguemos con la huella dactilar a que lo hagamos, directamente, con chips que irían implantados por debajo de nuestra piel.

¿Con qué objetivo?

Estos pequeños instrumentos acelerarían nuestra vida de tal manera que no habría que esperar a que la señora de la cola del supermercado sacase su monedero en la caja; que no hicinwoera falta mostrar ningún documento de identidad en la entrada de los locales o que quedase automáticamente registrado un libro al sacarlo de la biblioteca. Hasta ahí bien, supongo. Lo que no puedo evitar que se me pase por la cabeza es el volumen de estrés al que vamos a estar sometidos a partir de ahora, y muy especialmente, las nuevas generaciones.

Cómo nos afecta

En los últimos años se han dado cada vez más casos en los que las personas se estresan y sufren diferentes tipos de enfermedades por la velocidad a la que vivimos y la cantidad ingente de información que nos rodea, por no hablar del nivel de exigencia que eso supone en todos los aspectos. Tras la aparición de la mecanización de las fábricas y de los transportes de alta velocidad, llegó a nuestras vidas Internet, esa creciente fuente de información con la que podemos encontrar cualquier dato que podamos necesitar; esto ya planteó el gran problema de que, al poder acceder a tantísima información, los niños -y no tan niños- empezaban a mostrar síntomas de saturación y de estrés.

Es evidente que no todas las personas tenemos la misma capacidad de retención de datos, y el hecho de poder acceder libremente a todos ellos, ha provocado que muchas personas hayan alcanzado cierto nivel que exige a los demás llegar a ellos sobrepasando sus límites. Luego aparecieron las redes sociales: miles de millones de tuits por segundo en todo el mundo. Vuelta a la saturación. Y si eres empresario y pretendes darte a conocer a nivel nacional y mundial, más vale tener una cuenta en cada una de las redes sociales del momento; lo cual, en la práctica, nos lleva a trabajar más, cuando precisamente buscábamos el efecto contrario. Ahora nos quieren implantar microchips para que podamos hacer cualquier cosa con un gesto, lo que nos llevaría a ahorrar tiempo que invertiríamos en hacer otras cosas.

Efectivamente, es lo que vemos día a día en los colegios, al fijarnos en las nuevas generaciones. No hay día de la semana que no tengan una actividad extraescolar, practican varios deportes, aprenden al menos un idioma fuera de la escuela y aún les sobra tiempo para jugar varias partidas a algún juego de su Tablet.

¿De verdad esto es necesario?

Me niego a creer que haya tanta diferencia de una generación a otra y que todo esto se resuma a la creación de superniños y superniñas que en vez de nacer con un pan bajo el brazo lo hagan con un horario y una agenda.

Todo lo referente a lo que la implatación de chips en nuestro cuerpo suponga para nuestra salud, así como el efecto que esto tenga sobre nuestra privacidad -por aquello de estar fichados con gps- quizás lo tratemos en otros artículos.

Que este pequeño resumen nos sirva al menos como reflexión.

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