Accra, en Ghana, se ha convertido con los años en un cementerio de deshechos tecnológicos, y todo a pesar de que la UE considera ilegal la exportación de residuos tecnológicos. No obstante, EE.UU. lo considera como “reciclaje legítimo”.

Se habla de reducir la brecha digital, pero entre el 25 y el 75% de estos equipos están en un estado lamentable y ya no se pueden aprovechar.

El problema real que ello conlleva no es tanto la falta de espacio de almacenaje sino la toxicidad, pues los productos electrónicos contienen sustancias y materiales químicos como el plomo, el cadmio o las toxinas coloradas, que se relacionan con el cáncer.

Además, en países como Ghana o Nigeria, donde no hay una legislación que contempla la gestión de estos residuos y muchos de los trabajadores que tratan estas sustancias, en muchos casos niños, acaban cayendo enfermos.

Pero, ¿qué es la obsolencia?

Un objeto obsoleto es aquel que cae en desuso con el paso del tiempo, bien porque ha dejado de funcionar o porque hay un modelo más avanzado en el mercado, por lo que el público, que a menudo se decanta por las modas y por las novedades, no desea adquirirlo más.

Por ejemplo, podemos destacar la máquina de escribir, que dejó de usarse porque la gente empezó a cambiarlas por ordenadores, o los discman o walkman que se cambiaron por los Mp3, iPad o incluso por los teléfonos digitales con mayor capacidad de memoria.

El fenómeno del que vamos a hablar en este artículo es la obsolencia programada que hace referencia a la planificación que se realiza a la hora de fabricar un objeto para que deje de ser útil en un momento determinado y favorecer así que la los consumidores sigan comprando. Ésta, no obstante, está mal vista por la sociedad, pues el único objetivo es que las empresas sigan enriqueciéndose a su costa sin tener en cuenta otros factores, como por ejemplo el reciclaje.

¿Es nuevo este término? no. De hecho, se introdujo en el lenguaje de la economía en 1932, cuando, a raíz de la crisis de 1929, Bernard London proponía terminar con la Gran Depresión imponiendo por ley la obsolencia planificada. Sin embargo, no fue hasta 1954 cuando se popularizó este término a raíz de la participación del diseñador industrial Brooks Stevens en una conferencia en Minneapolis.

El problema, como mencionábamos antes, es que se está promoviendo un sistema de consumo constante que está llevando a desechar productos, bien sea debido a que están estropeados o porque están pasados de moda y que no son reciclados adecuadamente, lo que lleva a problemas de contaminación serios, especialmente para aquellos países que, con la excusa de que Occidente está “exportando su tecnología a países en desarrollo”, no se preocupan por tratar los residuos adecuadamente.

Mencionábamos antes la tecnología, pero no es el único tipo de productos. Si lo pensamos, prácticamente todo en nuestra sociedad se fabrica en cadena para que compremos cada vez más. Hasta los medicamentos, cuya fecha de caducidad se reduce por partes de algunas farmacéuticas para que los pacientes desechen los medicamentos que supuestamente han vencido, pues se cree que pueden afectar a la salud, cuando en realidad sólo pierden eficacia.

Otra técnica de las empresas es decir al consumidor que, debido a factores como la mano de obra o algún componente que puede tener que importarse de otro país, le resultará más caro reparar el producto, como por ejemplo un teléfono móvil, que realmente comprar uno nuevo.

Como curiosidad os contaremos que, en 1881, Thomas Alva Edison pretendía fabricar una bombilla que funcionara durante la mayor cantidad de tiempo posible, que por aquel entonces era 1500 horas. En 1924 se inventó otra. ¿Su durabilidad? 2500 horas. 

Cuatro años después de la invención de esta segunda bombilla, una revista advertía que “si un producto no se estropea, esto es una tragedia para los negocios”. Empezamos entonces a hablar de los lobbies, algo de lo que ya os hablamos en otro artículo anterior. Estos grupos empresariales propusieron limitar la duración de las bombillas a 1000 horas, es decir, unos 41,6 días.

¿Hay algo que podamos hacer los consumidores?

Aunque parezca que no hay nada que hacer frente a la gran influencia de los lobbies y de las empresas, sí que podemos actuar. Podemos hacer presión a los gobiernos de nuestros países para que dejen de apoyar estas medidas, podemos empezar a recurrir a organismos de defensa al consumidor, o, incluso, a demandar a las empresas. De hecho, no sería la primera vez que alguien hace tal cosa, y es que la abogada estadounidende Elisabeth Pritzker decidió demandar a Apple al encontrarse con que la durabilidad de las baterías de litio de los iPod estaba limitada desde su fabricación.

Fuentes:

www.ecointeligencia.com/2011/01/obsolencia-programada-oportunidad-o-fraude/

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