image Hace un par de noches, hablando con unos amigos de temas tan banales como si nos iba bien económicamente, si nos podíamos permitir un capricho de vez en cuando o cómo nos trataban en nuestro trabajo, surgió casi sin querer un debate casi siempre controvertido: la inmigración.

Y ¿sabéis qué? Estoy harta de escuchar argumentos tan simple como que “ellos vienen aquí a robar nuestros puestos de trabajo y después se aprovechan para chupar del bote durante una larga temporada”. O que “no es justo que una persona de otra nacionalidad esté por encima de mí y tenga un puesto mejor. Eso me corresponde a mí antes que a nadie como ciudadano español que soy”.

Y yo me pregunto: ¿por qué una persona se cree con más derechos que otra simplemente por haber nacido en un determinado lugar? El nacer en España no te hace más español, así como el nacer en Alemania no te hace más alemán, por mucho que te jactes de que lo pone en tu carné de identidad.

Me gustaría poder decir que el mundo no está delimitado por países ni por fronteras, ni por razas ni por barreras, y que como seres humanos libres cada cual está en su derecho de creer en un futuro mejor y marchar allí donde considere que tiene la oportunidad de ofrecerle un porvenir más estable a su familia. Como dice el dicho, la esperanza es lo último que se pierde, y nadie tiene derecho a robarte esa libertad.

Escuchando argumentos tan simples como esos no puedo evitar sentirme molesta y dar mi firme opinión al respecto porque me parece injusto. Me parece indignante que personas tan españolas como orgullosamente afirman sentirse se quejen de ello cuando hay algunos que ni siquiera se molestan en buscar trabajo. Y esto es así. Se quejan de que el sistema no funciona y de que no hay trabajo, pero ellos tampoco mueven un dedo por encontrarlo y se creen que un día les va a ir a buscar a su casa. Esta clase de individuos, así como los conocidos como ni-ni, no tienen derecho a quejarse de nada porque por gente como ellos es por lo que el sistema no funciona.

Y en cuanto a los que sí lo tienen, en cuanto a los que si tienen un puesto de trabajo que les permite hacer frente a las facturas y darles a sus hijos un trozo de pan que llevarse a la boca, estos deberían dar gracias por lo que tienen en lugar de estar indagando en cuántos marroquíes o latinoamericanos nuevos (hago referencia a estos gentilicios porque son, en el caso de mi ciudad, lo que más abundan y a los que hacíamos referencia en nuestro debate) han contratado. Párate a pensar que quizá, sólo quizá, esa persona esté mejor cualificada que tú, o que su experiencia en el sector le haga ganar puntos. Pero no. Es más fácil afirmar que “claro, es que por contratar a inmigrantes el estado te da dinero, y así cualquiera”. Mejor me lo ponen entonces, porque de ser esa afirmación cierta la culpa no es de ellos, sino en todo caso de un empresario que no ofrece una igualdad de posibilidades. Eso dando por hecho que tal acusación fuera cierta, porque todos la comentan pero apuesto a que nadie la ha contrastado…

Lo que ocurre es lo de siempre: vemos la paja en el ojo ajeno pero no en el nuestro. Con este tema ocurre como con el enchufismo laboral. ¿Quién no se ha quejado alguna vez de que fulanito está colocado por enchufe? Todos lo hemos hecho. Pero, sin embargo, si llegase un familiar o amigo muy cercano y nos pusiese en bandeja un trabajo con un buen sueldo para el que el que de sobra sabemos que no somos los más capacitados, ¿no lo aceptaríamos? ¡Por supuesto que sí! Pero es más fácil criticarlo todo y a todos.

Y encima, por dar mi opinión, por defender lo que considero justo, se me ataca diciendo que desde mi trabajo de profesora y mi cómoda silla es muy fácil defender los derechos de todos porque no perjudican los míos, pero que si trabajase en cualquier otro sector en el que los trabajadores inmigrantes son más frecuentes y me ‘robasen’ horas de mi jornada laboral, haciendo así que mi sueldo mensual disminuyese, otro gallo cantaría. Pues puede ser, quién sabe, aunque sinceramente lo dudo mucho, y si así fuese sus méritos tendría para estar ahí.

En esto, como en todo, para gustos los colores. E imagino que todo depende de la experiencia que cada cual tengo y también de la educación social, tan importante en estos casos. Yo, personalmente, sigo manteniendo la utópica idea de que no hay países ni fronteras; no hay razas ni barreras.

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